La voz del alma

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Los servidores de la Humanidad

 

¿Quién es una persona espiritual?

 

Hay una tarea urgente e importante que tenemos por delante: Restablecer en la conciencia pública la auténtica dimensión de la palabra espiritual, liberándola de los estrechos moldes que la confinan al campo de lo religioso, lo místico o lo metafísico.

     Una persona espiritual es alguien que ha establecido un mínimo e inicial contacto con el alma, reconociendo, consciente o inconscientemente, que en ella radica su verdadera identidad. La consecuencia práctica de este contacto es la intención de vivir de tal manera que ese canal de comunicación pueda ser mantenido y ampliado, hasta poder integrarse y fundirse con ese centro de conciencia luminosa que da sentido, coherencia, dirección y propósito a la vida.

     Experimentar la vida del alma no significa adquirir un súbito interés por cuestiones religiosas, o pasar por alguna forma de crisis en la vida personal que conduzca a creer, y a confesarlo públicamente, en algo trascendente relacionado con la divinidad o la vida en el más allá. El contacto con el alma lleva siempre a una descentralización en los intereses de la personalidad, que deja de considerarse a sí misma como el centro de su pequeño universo, para reconocer en forma nueva sus implicaciones en la vida grupal y comunitaria.

     El sentido de responsabilidad altruista y generosa para con los familiares, amigos, asociados, conciudadanos y, en última instancia, para con el conjunto de la Humanidad, es el primer e infalible indicio de que se ha operado, en el mundo oculto y sutil de la conciencia, una decisiva modificación. Se inicia entonces un proceso irreversible hacia la completa alquimización de la conciencia-plomo, o conciencia lunar del ego separado e ilusorio, en la conciencia-oro, la conciencia solar del Yo auténtico, que es uno y solidario con todos los Yoes, y con todas las formas de vida inmersas en la gran corriente evolutiva.

     Reconocer la presencia del alma es, sencillamente, reconocer en sí mismo y en los demás la intrínseca dignidad y belleza que encierra la naturaleza humana, y decidir llevar una vida que exprese estas cualidades en la mayor medida posible. Esta vida de esfuerzo y crecimiento personal es una vida de servicio, una vida espiritual, cualquiera sea el campo particular al que las cualidades personales y la tendencia global de la vida nos hayan llevado como el mejor escenario en el que servir y ejercer públicamente como alma.

 

¿Hay razones para la esperanza en un futuro mejor?

 

Con frecuencia se escuchan consideraciones y comentarios de carácter alarmista y catastrofista en relación al destino y futuro inmediato de la Humanidad y la vida sobre nuestro planeta. En estas actitudes existe un trasfondo de legítima preocupación sobre cuestiones reales y objetivas que amenazan nuestra existencia como seres humanos pensantes y germinalmente libres. Pero una consideración más cuidadosa de nuestra situación actual, y de las cualidades espirituales en vías de manifestación en un número cada vez más numeroso de seres humanos, nos puede situar ante los asuntos mundiales en una perspectiva diferente. Una perspectiva que no es una trivial visión optimista sobre el futuro de la Humanidad, en una especie de reacción pendular a la igualmente trivial visión pesimista del mismo.

     En esta dualidad optimismo-pesimismo existe, como en todas las dualidades, un punto medio que no tiene nada que ver con el centro equidistante entre los extremos, o con cualquier mediocre eclecticismo que resulta de una interpretación superficial de la expresión la virtud está en el término medio.

     La virtud es la expresión de una energía espiritual organizada y organizadora, que irrumpe en la materia caótica y desorganizada del espacio mental estrecho, cerrado y mortecino, fabricado a golpe de respuestas reactivas y adaptativas a la presión del medio. El pequeño yo, que actúa como matriz nutriente y coraza protectora de la personalidad, está destinado a ser descartado, bien en un proceso gradual y relativamente suave de transformaciones sucesivas, o mediante reiteradas crisis de expansión, vividas casi siempre como hechos desafortunados o amenazadores, y que nos sitúan ante lo temido y lo desconocido.

     El punto medio que nos libera de la doble tentación de incurrir en una visión optimista o pesimista de la vida, podría ser llamado adecuadamente una visión realista, pero con demasiada frecuencia, quien utiliza este término, por no querer reconocerse como optimista o pesimista, está expresando una visión de la Realidad resignada, mediocre, y más bien aburrida, disfrazada a menudo de pragmatismo y sentido de la eficacia.

     Cabe afirmar, sin embargo, la existencia de una Realidad abierta a lo infinito y lo misterioso, que la impulsan y renuevan sin cesar, y extraer de ella una visión Realista que esté a la altura de esa Realidad. Desde esa visión, podemos abrirnos a una nueva dimensión en la vida cotidiana, vivida y experimentada como un camino que hay que construir, o una empresa que estimula nuestro sentido emprendedor y genuinamente heroico. El mejor arquetipo del héroe no es otro que el hijo pródigo, que es capaz de reconocer con lucidez su situación de exilio y malestar existencial, y encontrar el camino de retorno a la mansión paterna, sorteando con habilidad y sabiduría todos los peligros que encuentra a su paso y se oponen a su avance.

     El hijo pródigo es una versión del arquetipo universal del héroe que regresa triunfante, manifiestado también en la figura de Ulises, que consigue regresar a Ítaca y a la amada Penélope, la esposa fiel e incansable tejedora de vestiduras y formas, una y otra vez reconstruidas. En esta actividad de Penélope es fácil reconocer una alegoría de la actividad del alma, tejiendo y destejiendo sin cesar las múltiples vestiduras con las que se manifiesta cíclicamente en el mundo natural.

     Esta visión Realista, que penetra más allá de las apariencias y las vestiduras mediante las que las distintas formas de vida se expresan, es una cualidad de la subjetividad trascendente e inmortal, del alma espiritual que cumple la misión de retornar a su fuente de origen tras efectuar un largo peregrinaje por el mundo natural. Cuando ese peregrinaje y esa divina aventura hayan sido coronados por el éxito, ambos mundos, el natural y el sobrenatural, se habrán unificado.

     Desde la visión realista del alma, los asuntos mundiales adquieren una dimensión y perspectiva muy diferente, en relación a las que resultan de una banal visión optimista o pesimista. La primera e importante observación que tal visión depara, es comprobar el hecho de que nunca en la historia de la Humanidad ha existido sobre nuestro planeta un número tan elevado de hombres y mujeres que hayan emprendido, de manera libre y consciente, el camino de retorno a ese hogar común simbolizado en la expresión la casa del padre. Tales hombres y mujeres merecen ser llamados con toda justicia Servidores de la Humanidad, pues el servicio que prestan, en uno u otro campo de la actividad humana, es la nota clave de sus vidas, y la señal inconfundible que les hace reconocerse entre sí, por encima de cualquier división aparente por causa de raza, lengua, religión o ideología.

 

Perfil psicológico de los Servidores de la Humanidad

 

Los servidores de la Humanidad pueden profesar cualquier creencia religiosa, ideología política, o abstenerse de hacerlo. Pero cualquiera que sea la opción tomada, la característica esencial de sus vidas y sus efectos resultantes serán siempre los mismos: el diálogo, la tolerancia, y la negativa a ejercer cualquier forma de imposición en cuanto a las opciones personales en materia religiosa, política o moral. La disposición positiva a aceptar el diálogo y la franca controversia con quienes han hecho opciones diferentes, pero reconocen igualmente la suprema prioridad del diálogo, el entendimiento y la cooperación solidaria como única estrategia válida para dignificar y embellecer la vida humana.

     Los servidores de la Humanidad van reconociendo progresivamente un sentido de síntesis que los hace separarse definitivamente de cualquier opción excluyente o sectaria, pues sólo reconocen la Humanidad Una, expresándose en el seno de la Vida Una infinita y universal. Tal sentido de síntesis es compatible con una vida externa de servicio llevada a cabo a través de cualquier grupo u organización. Pero allí donde esté, el servidor trabajará para orientar la vida y la actividad grupales hacia el reconocimiento colectivo de las síntesis mayores que hacen caer, una tras otra, las murallas de las separaciones y las divisiones.

     El reconocimiento de la síntesis y la unidad esencial de la vida y la conciencia, es una experiencia a la que se accede por múltiples vías, igual que la cumbre de una montaña puede ser alcanzada por diferentes rutas, que finalmente convergen y se encuentran en un espacio común, desde el cual una nueva y más amplia perspectiva se abre para todos los escaladores.

     Escalar hasta la cumbre de la realización humana es la tarea apasionante que todo ser humano tiene ante sí. Esta ascensión supone renunciar a la ociosa, estéril y sedentaria vida llevada por mucho tiempo junto a la montaña, en el valle de la vida mundana. Pero no hay renuncia real a nada que sea bueno, agradable, placentero o enriquecedor, sino una recuperación de la abundancia en la que el hijo pródigo vivía en la casa del padre, más la experiencia vivida en el exilio, en la indigencia y la escasez. Por ello, no existe liberación posible que no sea también un impulso hacia adelante en la liberación colectiva, ni existe tal cosa como la salvación aislada de las almas.

     La recuperación permanente de la síntesis y unidad primordiales no anula la inteligente apreciación del proceso que ha llevado al Uno a diferenciarse en los muchos, para que las vidas menores, incluidas en la Vida Una, avancen en el reconocimiento exacto del vínculo que las enlaza eternamente a esa Vida. Tal reconocimiento provoca un sentimiento de confianza activa en la sabiduría que anima el devenir cósmico, además de la indescriptible alegría que produce la certidumbre de saberse vivo, y dinámicamente integrado en la Existencia, expresión del Ser.

     El servidor de la Humanidad puede declararse agnóstico o indiferente en materia religiosa. Puede no experimentar una atracción particular por un acercamiento místico a la existencia humana. Puede ser alguien profundamente atareado en cuestiones tan distanciadas de la interpretación convencional de lo espiritual como el progreso científico, tecnológico, o el desarrollo económico. Puede ser alguien que no admita una trascendencia después de la muerte, o niegue toda formulación de la Deidad hecha históricamente por los seres humanos.

     Todas estas circunstancias tienen un carácter contingente ante el hecho sustancial de que el servidor es siempre sensible a la dignidad básica del ser humano, al desarrollo y aplicación de las capacidades personales para ponerlas al servicio del mejoramiento de la vida colectiva. Este es el aroma que el alma exhala a través de la vida de la persona que, oculta y anónimamente, se ha consagrado a servir, y ha realizado el sagrado juramento que la conducirá a expresar la gloria de la plena realización de la vida espiritual.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

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04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

...
15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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