La voz del alma

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El mal moral

 

El mal es un bien antiguo y degenerado

 

Hay un mal aparente que tiene sus raíces en la cualidad relativamente obstructora e inerte de la sustancia-energía más densa. Gracias a ella, la conciencia se va descubriendo a sí misma mediante sucesivos procesos de identificación y des-identificación, de ilusión y desilusión. Si estos procesos van acompañados casi siempre de un sentimiento doloroso y sufriente, ello es debido a nuestra limitada percepción, temporalmente incapaz de ver la profunda intención pedagógica que siempre se esconde detrás de los acontecimientos de la existencia diaria. Hasta no alcanzar la maestría en el arte de vivir, el ser humano estará condenado a caminar a tientas y avanzar a oscuras, sin comprender que en sus repetidos fracasos está la semilla de su triunfo final.

     Además del mal aparente antes mencionado, hay otra clase de mal que nace directamente del ejercicio del libre albedrío germinal presente en todo ser humano, y por tal razón le podemos llamar mal moral. El mal moral surge cuando se prolonga indebidamente, y de manera deliberada y consciente, la existencia de una determinada forma, sea cual sea su naturaleza. Las formas que han cumplido ya su propósito deben ser abandonadas y reemplazadas por otras, mejor adaptadas a las necesidades expresivas de la vida consciente que las utiliza. El mal moral es el residuo degenerado de un bien anterior, que debería haber sido oportunamente abandonado por un nuevo y más incluyente bien.

     El mal moral nace del apego a lo conocido, del temor a lo nuevo y renovador. Se nutre de la pereza, el egoísmo, del temor y, en general, de las manifestaciones más sombrías y estrechas del conservadurismo, esa cualidad obstructora del psiquismo humano que se opone sistemáticamente a cualquier revisión de las normas, valores, o ideas establecidas. La adhesión estricta a una forma religiosa, política, científica o moral, siempre ocasiona la cristalización de la sensibilidad, y la pérdida o disminución de su capacidad para abrirse a las fuerzas renovadoras que cíclicamente se hacen presentes en la historia personal y colectiva.

     El instinto de posesión y retención indefinida de lo poseído, está en el origen de esta actitud de la conciencia. De esta forma, se va rodeando de sus propias creaciones, hasta llegar a oscurecerse a sí misma, sepultada bajo el peso de sus posesiones, y atrapada dentro de los muros opacos de todo lo que deseó, consiguió y retuvo para sí.

     El mal moral tiene un efecto fundamental en el medio externo en el que se practica, como es la distorsión y perversión del libro flujo e interacción entre las fuerzas que configuran el espacio vital en el que viven y evolucionan los seres humanos. La retención de lo poseído, y la búsqueda de nuevas fuentes de aprovisionamiento, dan lugar a la congestión por un lado, y a la desvitalización por otro. De esta forma se incrementa la cualidad estática e inerte de lo que podría ser más dinámico y vital. El mal moral intensifica la cualidad obstructora de la materia, aumentando así el poder de lo que antes hemos llamado mal aparente.

 

La conciencia ofensiva es fuente de mal moral

 

De todas las formas creadas por la personalidad, la de efectos más poderosos para su propia vida es, sin duda, la que ella crea como imagen de sí misma. En el desarrollo psicológico del ser humano hay un movimiento de avance en el espacio de la conciencia, que alcanza un hito importante cuando la personalidad se organiza y estructura de tal modo que empieza a adquirir confianza en su poder para conseguir los deseos y objetivos que se propone.

     La autoafirmación del yo personal es un requisito indispensable para que el alma pueda disponer de un eficaz instrumento de expresión en el mundo natural. Este yo es una forma mental creada por el alma personificada, que temporalmente reemplaza al Yo real. Si la identificación con el ilusorio yo se prolonga intencionalmente cuando aparece en el horizonte psíquico el Sol de la conciencia-alma, con sus rayos amenazantes para todos los esquemas personales de vida, sobreviene una condición en la que la personalidad, el alma personificada, empieza a vampirizarse a sí misma. En esa situación, la personalidad extrae de su propia fuente de vida, el alma, la vitalidad que necesita para fortificarse en su yo amurallado, y sumergirse más profundamente en su vida ilusoria.

    En la personalidad egocéntrica e hiperdesarrollada, el amor, que es la percepción clara y nítida de la vida universal en sus distintos grados de manifestación, es reemplazado por un intenso sentimiento de orgullo y apego a las propias realizaciones y cualidades. Una personalidad de esta naturaleza es capaz de extraer poder de sus fuentes universales, pues el desarrollo mental siempre procura poder. Pero este poder, al no estar equilibrado y enriquecido con la cualidad sabia y amorosa de la vida espiritual del alma, se convierte en fuente de ofensividad, de distorsión de los equilibrios dinámicos que forman ese gran vórtice de fuerzas psico-físicas que constituyen el planeta integral, el gran Ecosistema que es el campo de evolución, desarrollo y  experiencia de las vidas humanas.

 

Las almas perdidas

 

Este proceso de engrandecimiento y afirmación intensa del yo personal siempre se efectúa a expensas de la vida del alma, la cual va desapareciendo progresivamente de la conciencia personal. Llevada hasta sus últimas consecuencias, esta tendencia de exaltación egocéntrica conduce a una situación radicalmente opuesta a la expresada por los grandes Mensajeros del Plan, los embajadores de lo sobrenatural en el espacio-tiempo de la Historia natural de la Humanidad.

    De esas personalidades se puede decir que han evolucionado de manera patológica, lo que equivale a decir que han involucionado. Se convierten entonces en auténticas almas perdidas, atrapadas en el mundo natural, el único real para ellas al haberse roto definitivamente el hilo de la vida y de la conciencia que las vinculaba a su fuente de origen, el alma, que no ha podido manifestarse ni encarnarse, porque su reflejo ha rechazado hasta la saciedad todo vínculo con ella.

     Estas vidas ilusorias y aparentes son los verdaderos exponentes del mal en su acepción más radical. Su existencia y designios son frontalmente opuestos al Plan, pero esto no es cierto en sentido contrario, porque el Plan es universal a todos los efectos y con todas sus consecuencias, y esta universalidad es inseparable de la libertad, de la dinámica apertura al gran misterio que está en la raíz de todo, y que impregna el Todo.

     Al haber perdido toda conexión con sus principios superiores y espirituales, las almas perdidas se convierten en auténticos entes vampíricos, pues su única posibilidad de supervivencia es parasitar en la energía viviente de las demás almas encarnadas, las que conservan aun esa viviente conexión con sus respectivas fuentes de vida y conciencia. Su situación no admite ninguna alternativa, pues están forzadas a practicar el mal para lograr sobrevivir, pues nada que tenga conexión con ninguna expresión del Bien puede sobrevivir en su patológico estado de conciencia y existencia.

     Para las demás almas encarnadas, la correcta actitud antes estas almas perdidas consiste en lograr la libertad y soberanía interior. De esta manera crean en sí mismas las condiciones que harán imposible la utilización de su energía psíquica como "alimento" de estos entes parásitos.

     Al igual que un granjero cuida de sus animales para obtener de ellos alimento y beneficio material, las almas perdidas se relacionan con el género humano exclusivamente para obtener de ellos alimento, y el aparente beneficio de prolongar su existencia espuria. Por ello, fomentan por todos los medios posibles cualquier situación que genere conflicto, violencia, división, ignorancia, y explotación del hombre por el hombre. Y esta estrategia se extiende a todos los ámbitos de la vida humana, desde el familiar al mundial, pasando por todas las dimensiones intermedias.

     La salida salvadora que el Plan tiene en relación a estos entes parasitarios de la vida y energía de los seres humanos, es someterlos a un ciclo de atrición forzada, consistente en la liberación progresiva del "contenido de alma"presente en ellas, gracias a la desnutrición impuesta de su envoltura corporal. De esta manera, esa envoltura corporal hipertrofiada acaba por desaparecer por falta de alimento, y la energía espiritual que ella había encerrado durante eones de existencia anómala, puede retornar por fin a su fuente de origen, el indestructible y eterno espíritu.

    La "Ley de oportunidades cíclicas", vigente en nuestro Universo,  proporcionará a estas almas perdidas un nuevo espacio existencial, adaptado a su peculiar condición, en el que podrán afrontar de nuevo su misión como almas, emanadas de una unidad de vida espiritual absolutamente indestructible.

 

La vida de servicio

 

El Plan contempla la aproximación consciente entre el mundo natural, en su triple condición mental, emocional y física, y el mundo sobrenatural y espiritual. Sólo las vidas humanas pueden llevar a cabo esta misión, y sólo podrán hacerlo por decisión libre y voluntaria. El Plan no es un programa inexorable que haya que cumplir y hacer cumplir, pisoteando si fuera preciso la libertad y dignidad humana. El Plan es un Canon presentado a las almas, y presente en ellas como esencial propósito de vida. Pero sólo la libre respuesta y colaboración de las almas en manifestación puede ejecutarlo y cumplirlo.

     La tendencia de la personalidad a formular proyectos y planes puede hacerse de espaldas al Plan y en contra de él. Estos proyectos y planes sólo pueden mantenerse a costa del sufrimiento, de la ignorancia y la injusticia, bloqueando así la expresión plena de las cualidades inherentes a la condición humana. Esas cualidades conducen siempre a la unión libre y consciente, y no a la separación erigida sobre el dominio y la explotación.

     Aproximar y unir en la conciencia lo sobrenatural con lo natural tiene concretas y definidas implicaciones en la esfera de la vida diaria, tanto como en los grandes asuntos colectivos de la Humanidad. La primera de todas es la progresiva transformación de la conciencia en fuente de los valores del alma, y en sumidero para todo lo demás. La vida se transforma así en vida de servicio, lo que se manifiesta en un cambio sensible en la calidad del ambiente que circunda a ese centro de conciencia que empieza a ser eslabón entre los dos mundos.

     Servir es liberar energía que sana, embellece y vivifica. El alma es la gran servidora porque es un centro irradiante de energía espiritual. Una personalidad "inservible" es, literalmente, una personalidad incapacitada para servir, una personalidad similar a una fuente de la que no mana agua, y lleva a todo su espacio circundante a una progresiva condición de aridez, sequedad y muerte.

     Llevar una vida de servicio es emprender una tarea regeneradora y curativa de todo nuestro sistema vital de expresión, lo que implica un efecto similar en el espacio natural de influencia que nos corresponde, ya sea este doméstico y familiar, o planetario y mundial. El mal está siempre vinculado a la negativa consciente y voluntaria a servir, a distribuir la energía de la que somos depositarios pero no poseedores. El mal es retención indebida de lo que está llamado a vitalizar y enriquecer al Todo mayor. Es engrandecerse a expensas de las posibilidades de crecimiento de los demás.

 

El mal es un agente contaminante de la atmósfera psíquica

 

En esta consideración de lo que llamamos el mal no hay lugar para endebles sensiblerías y moralismos, que únicamente testimonian un insuficiente y raquítico desarrollo mental. El mal, como realidad actuante en nuestro mundo, es el fruto de la conjunción de las leyes naturales y de la incapacidad temporal del ser humano para vivir a la altura que le marcan sus raíces espirituales. Cuando esta incapacidad es elegida libremente, sobreviene la expresión del auténtico mal, el que nace de una responsabilidad no asumida en virtud de un acto consciente y responsable, por contradictoria que la frase pueda parecer.

     Un sentimiento de odio sostenido y alimentado conscientemente es un acto que tiene, para la Psicosfera que impregna y envuelve nuestro planeta, el mismo efecto que puede tener para la Biosfera el envenenamiento deliberado de un río o un manantial.

     La primera víctima de un acto semejante es, no obstante, aquél que lo realiza, pues se está forzando a sí mismo a respirar, como criatura mental, en una atmósfera psíquica contaminada por sus propias emanaciones envenenadas. Pero existe igualmente un efecto ambiental más general, que afectará predominantemente a aquellas personas que alberguen en su estructura psicológica una inclinación, latente o expresada, a formular un sentimiento semejante.

     Por una ley universal de resonancia o simpatía entre formas vibratorias análogas, sólo el que está dispuesto a odiar es vulnerable al odio de los demás. Sólo el que concibe la vida como dominio y posesión puede ser realmente dominado y poseído en su dimensión subjetiva e interior.

     Quien ha logrado realizar en sí mismo una suficiente regeneración de su atmósfera psíquica particular, y ha erradicado de su personalidad toda simiente de separatividad, es alguien similar a un organismo vivo dotado de un perfecto sistema inmunológico, que le convierte en un ser invulnerable a cualquier forma posible de enfermedad o infección. Sólo desde esta invulnerabilidad radical tiene un sentido noble y digno la palabra compasión, pues ella expresa la condición de quien puede compartir en plenitud la vivencia subjetiva del enfermo, pero manteniéndose él mismo a salvo de la enfermedad. De esta forma puede irradiar salud y energía sanadora capaz de estimular los mecanismos autocurativos del enfermo.

     Sólo los seres compasivos pueden ser dadores de salud, y ser llamados en justicia salvadores, pues salvar, saludar y sanar son términos sinónimos. Un salvador no es un seudoiluminado fanático que impone violentamente su peculiar visión de cómo los demás tienen que ser salvados. Un salvador es alguien que garantiza, merced a su iluminación real alcanzada por esfuerzo propio, la libre afluencia de energía sanadora a un mundo afligido y expectante. Es un puente firme y sólido que comunica dos orillas antes separadas, para que la vida se exprese con más abundancia y riqueza.

 

Las almas son agentes de salvación

 

Todas las almas son entidades potencialmente salvadoras y sanadoras de sus personalidades. Aquellas que ya han logrado consumar esa estupenda tarea, pueden ayudar y estimular a sus hermanas a lograr la misma realización, pero nunca suplantarlas ni dirigirlas en esta apasionante aventura.

     Cada alma es soberana en la tarea de elevar e iluminar la vida de su personalidad, que no es más que su propia vida expresándose en el mundo natural. Pero la soberanía del alma se ejerce en el seno de una conciencia que no reconoce separación real alguna entre los seres, y por lo tanto no reconoce nada parecido a fronteras, barreras o divisiones. No es una soberanía posesiva que delimita un territorio y lo considera de su propiedad exclusiva. Es una soberanía que hunde sus raíces en la realidad última de la vida espiritual en la que todas ellas tienen su razón de ser y existir.

     Esta forma grupal, cooperadora y unificada, de ejercer la soberanía, significa que las almas no alcanzan plenamente la liberación y salvación hasta que la totalidad de las mismas la haya consumado, en virtud de sus propios esfuerzos. La liberación y la salvación individual es la garantía de la liberación y la salvación colectivas, puesto que aquello que es alcanzado individualmente, desde la conciencia no dividida ni separada, repercute en el organismo entero del que esa individualidad es una célula viviente.

     Si admitimos esta premisa, y la existencia real, actual y viviente de auténticos salvadores, de almas liberadas que aparecen cíclicamente en nuestra historia como mensajeros del Plan, y renovadores de los esfuerzos humanos para su reconocimiento, comprensión y realización ¿no hay en ello un motivo fundado, inteligente y razonable para la esperanza y la alegría?

     Una captación meramente sentimental de algún aspecto de la Verdad tiene efectos consoladores y paliativos del sufrimiento y sinsentido que en ocasiones se apodera de la existencia humana. Cuando esa captación es el fruto de una reflexión profunda, que vincula y hermana a la razón con la intuición, el consuelo desaparece como una niebla matinal ante la luz del Sol. El Sol de la esperanza inteligente que nace del despliegue de las potencias cognitivas del alma.

     El alma sabe que la salvación de su reflejo encarnado en la materia es segura e inevitable. Únicamente la lentitud, o la relativa y temporal incapacidad de su sombra en apropiarse de esta certidumbre, puede postergar tan trascendental acontecimiento. Cuando empecemos a saber y a percibir lo que nuestra alma sabe y percibe, habremos dado el primer paso por la senda que conduce a la exacta y auténtica expresión de la compasión y la sabiduría.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

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04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

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15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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