La voz del alma

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La regeneración del mundo natural

 

La continuidad de la vida

 

Al final del capítulo anterior podría plantearse la pregunta ¿De qué naturaleza sería ese gran Ecosistema natural transformado gracias a la sabia mediación de las almas humanas?

     Esta pregunta no tiene respuesta posible mientras no empecemos a responder activa y vitalmente a esta otra ¿De qué naturaleza es el alma humana?

     Tan sólo expresando la armoniosa y armonizadora energía del alma es como los ecosistemas planetarios, que incluyen a los seres humanos como potenciales centros de radiación de energía espiritual, podrán acercarse a la expresión y realización de sus arquetipos creadores. La capacidad de influencia que el hombre tiene sobre la vida natural no puede ser ejercida arbitrariamente en contra de los intereses del planeta, como viviente unidad integrada que es.

     La Tierra es un ser vivo a todos los efectos, por lo que dispone de un mecanismo de autorregulación, de su propio sistema inmunológico y de sus "constantes vitales". No obstante, por muy catastróficas que pudieran ser las consecuencias de la activación de estos sistemas de seguridad de la Tierra para las especies que la habitan, la continuidad de la vida estaría siempre garantizada, pues la vida es el principio esencial de todo lo existente, y como tal es indestructible e invulnerable. Otra cosa bien diferente es que determinadas expresiones de la vida, como la humana, tuvieran que abstenerse temporalmente de manifestarse durante un determinado ciclo de tiempo, en un planeta que pasara por algo así como un período de convalecencia después de una drástica operación quirúrgica.

     Pero incluso en este caso no habría que temer por la continuidad de la vida en general ni de la vida humana en particular, pues la fuente de la vida está fuera del mundo natural, en sus tres niveles de expresión. La destrucción sólo alcanza al mundo de las formas, pero no afecta a la integridad de la vida que se manifiesta a través de ellas.

     Las diferentes unidades de vida entran y salen de la manifestación para adquirir conciencia y percepción, además de otorgar nuevas cualidades a la sustancia-energía que integra sus cuerpos o formas de expresión. Pero esas unidades o átomos de vida no pueden morir, porque la vida siempre es, y la muerte es sólo una transición en el estado de conciencia y percepción, más el efecto desintegrador observable en esas formas que han sido abandonadas por su principio vital consciente e integrador.

     Inevitablemente, este enfoque sobre la muerte se irá haciendo presente en el pensamiento iluminado de los seres humanos, merced a la liberación creciente de las fuerzas latentes de la intuición, así como de los avances de una Ciencia que admitirá la hipótesis trascendente y tratará de corroborarla, tal vez por reducción al absurdo, demostrando que sin ella nada de lo ya conocido y comprobado tiene consistencia real.

 

La inofensividad

 

En el capítulo anterior vimos de qué manera el Plan para la vida humana aborda las relaciones de esa vida con las demás vidas no humanas. En esa relación, el factor fundamental es la realización progresiva de la conciencia del alma en detrimento de la conciencia de la personalidad.

     La cuestión esencial de cualquier vida humana es cómo poder llegar a expresar la conciencia del alma. Cómo llegar a ser en el tiempo lo que somos como seres intemporales al margen del tiempo. Cómo encontrar el sendero de retorno que, al devolvernos al punto de partida, también nos descubre que la tierra del exilio ha pasado a ser nuestra morada natural.

     Hay una palabra que expresa admirablemente en forma sintética la técnica fundamental para llevar a cabo esta gran transición. Esta palabra es inofensividad.

     Ser inofensivo no es ser débil, incapaz de rebelarse ante la arbitrariedad o la injusticia, temeroso de expresar las opiniones o sentimientos propios por las posibles reacciones hostiles, siempre amenazantes para quien vive en el miedo y la inseguridad. Ser inofensivo tampoco es carecer de criterio o capacidad para la crítica, o para la defensa y reivindicación de los legítimos intereses y derechos. Tampoco es pasar por la existencia como alguien neutral, que nunca toma partido ni manifiesta ninguna postura que pudiera ser considerada como comprometida con alguna causa.

     Alguien inofensivo es, sencillamente, alguien que no ofende. No alguien que es incapaz de ofender a causa de una naturaleza débilmente bondadosa, o simplemente débil, sino alguien que es capaz de vivir, de pensar, de sentir y de actuar, sin ofender y sin herir. La capacidad de vivir sin ofender es una capacidad poderosa que sólo las naturalezas verdaderamente fuertes pueden conseguir.

     Un ser inofensivo es un ser eminentemente capacitado para la vida. Alguien que ha obtenido la máxima calificación en la única y gran asignatura que importa, aprender a vivir. Ser inofensivo significa vivir abierto y sin temor a la formidable plenitud dinámica de la vida, de la existencia y su inagotable cortejo de experiencias.

     La inofensividad es, como la impecabilidad, una cualidad del guerrero místico, una condición diamantina de la conciencia que expresa dureza y resolución, pero también belleza, brillo y luminosidad. Inofensividad es transparencia máxima, capacidad de ser vehículo de la luz de manera que la luz irradiada no pierda en luminosidad con relación a la luz recibida.

     La inofensividad es una técnica aplicable al diario vivir, mediante la cual la conciencia va adquiriendo progresivamente esa cualidad diamantina y luminosa que es prerrogativa del alma. Para explicar esta técnica estableceremos antes algunos criterios de lenguaje, y adoptaremos ciertos supuestos en línea con todo lo ya expuesto.

     Todos poseemos el concepto intuitivo de lo que es una fuente y un sumidero. Múltiples analogías pueden establecerse para ilustrar estos términos. Un foco luminoso es una fuente de luz, y una pantalla negra es un sumidero para esa luz. Sabemos que en el Universo físico todo está irradiando energía, absorbiendo radiaciones de distinto tipo y frecuencia, y bañado a su vez en un océano de radiaciones y energía circulantes.

     El ser humano puede ser considerado como una unidad de energía de naturaleza psico-física. La conciencia también es una unidad o centro de fuerzas psíquicas, que interactúa con esa doble estructura físico-vital que es el cuerpo material. La conciencia es irradiante y emisiva, y también es absorbente y receptiva. Y esto es cierto para la conciencia del alma, para la conciencia de la personalidad, y para la conciencia resultante de la interacción actual entre ambas, ya se dé esa interacción de manera antagónica o cooperativa.

     Los seres humanos irradiamos calor como seres corpóreos y físicos, pero también irradiamos energía de cualidad psíquica. Esta radiación afecta a otras fuentes irradiantes de psiquismo, humanas y no humanas, presentes en los ambientes sociales, en las viviendas, en los lugares de trabajo y diversión, en los transportes públicos y en la calle. Ningún espacio escapa a la presencia de alguna forma de campo psíquico, registrable cualitativamente por las unidades sensibles a ese campo, por las conciencias humanas.

 

La conciencia inofensiva es fuente del alma

 

La inofensividad es esa condición del psiquismo humano en la cual la conciencia es fuente del alma y nada más que del alma, y es sumidero para todo lo que a ella llega como expresión diferente a la que es propia del alma.

     Ser inofensivo es convertir a la conciencia en una formidable estación transformadora de la calidad de la energía psíquica que circula por nuestros espacios y ambientes sociales. Una conciencia inofensiva es sumidero para todo lo que llega a ella en forma de insidia, odio, maledicencia, o manifestaciones de cualquier tipo que ignoran la belleza y la dignidad intrínsecas del ser humano. De esta forma, las líneas de fuerza por las que circulan las expresiones más sombrías y mezquinas de la naturaleza humana, mueren sin ser reproducidas cuando encuentran en su camino un centro radiante de inofensividad, un "sumidero" para la energía enferma y negativa.

     Esto no significa que la conciencia inofensiva "traga" todas esas expresiones indeseables de la naturaleza humana, almacenándolas en algún lugar de la misma desde el que en algún momento futuro pueden provocar estallidos de cólera, odio u otras manifestaciones similares.

     La conciencia inofensiva actúa como una verdadera central transformadora de fuerzas lunares en energía solar. Cuando las fuerzas lunares llegan a su campo de percepción, la conciencia inofensiva discierne su fuente de procedencia y las limitaciones temporales que afectan a quien las puso en circulación, y a quienes las reprodujeron, renovando así su vitalidad. No se identifica con ellas ni tampoco las combate o antagoniza directamente. La actitud adoptada podría definirse como de una activa indiferencia, unida a una respuesta adecuada desde su propio nivel de inofensividad.

     La clave del éxito inevitable de la inofensividad como técnica de transformación de la calidad psicológica de nuestros ambientes sociales, estriba en que, a la larga, lo similar siempre responde a lo similar, por lo que una persistencia suficientemente prolongada en la actividad de responder a todos los estímulos desde el nivel del alma, y sólo desde él, provocará, por simpatía y resonancia, que la conciencia-alma de los interlocutores de los que siempre se expresan inofensivamente, empiece a reaccionar frente a estos impactos provenientes de otra conciencia-alma. De esta forma, se va configurando en el espacio de la vida social una nueva fuente para la energía espiritual, y como consecuencia, un sumidero para todo lo que es incompatible con ella.

 

La Psicosfera o atmósfera psíquica del planeta

 

La conciencia no inofensiva siempre refleja una parte de la ofensividad que recibe, la cual es devuelta muchas veces fortalecida y amplificada, prolongando así la condición de opacidad y relativa insensibilidad para la vida del espíritu de la red de energías psico-vitales que constituyen la atmósfera oculta del planeta.

     Nada de lo que pase en el espacio oculto y privado de la subjetividad es indiferente para los acontecimientos que tienen su escenario en el espacio externo y público de la vida social y comunitaria, ya sea familiar, grupal, ciudadana, nacional o mundial.

     La responsabilidad ecológica de la especie humana, y de cada una de sus unidades componentes, con el Ecosistema natural que es su espacio vital más inmediato, no se reduce a los contaminantes atmosféricos que causan la lluvia ácida o destruyen el protector escudo de ozono, o a los residuos tóxicos que nuestras imperfectas actividades industriales vierten al aire, a las aguas y a los suelos. Esa responsabilidad tiene un alcance mucho mayor y decisivo. Constantemente estamos respirando en la Psicosfera como seres conscientes, capaces de sentir, desear, razonar, en forma análoga y no menos real a como respiramos en la Biosfera como seres biológicos.

     Hablar de contaminación psíquica de la Psicosfera es tan natural como hablar de la contaminación física y química de la Biosfera. Una apreciación global y profunda de la entidad humana y de su naturaleza energética, nos llevan inevitablemente a este planteamiento de base. Los seres humanos que pensamos y sentimos en este planeta, somos responsables de la calidad de su atmósfera psíquica, que es la matriz en la que se van configurando las distintas cualidades que se exteriorizan posteriormente en los ambientes sociales de nuestro mundo.

     Una verdadera curación ha de eliminar la raíz de la enfermedad, y no contentarse con suprimir sus síntomas externos. De nada serviría limpiar los ríos y los mares, el suelo y la atmósfera, o incluso modificar nuestras actividades industriales y hábitos de convivencia, si ello respondiera únicamente a un impulso emanado de la conciencia periférica del ser humano, la conciencia que responde reactivamente para adaptarse al cambiante medio externo, y asegurarse así su propia supervivencia. Toda relación del ser humano con el medio externo que no esté enfocada desde el verdadero foco de la conciencia, desde el alma, está fatalmente abocada a reproducir las mismas formas de dominación y explotación agresiva que también están presentes en las relaciones entre las personas, los grupos sociales y las naciones.

 

 El mayor peligro: los sucedáneos de la espiritualidad

 

 De nada serviría alcanzar el desarme total si la violencia y el instinto de dominio siguen anidando en las mentes humanas. Nuevas armas de naturaleza estrictamente psicológica vendrían a ocupar invisiblemente el espacio dejado por las armas físicas. Tales armas serían mucho más mortíferas, pues su acción letal iría dirigida a la conciencia humana y no a su vehículo externo de expresión.

     Aunque el núcleo radical de la conciencia es indestructible e invulnerable, puede no obstante ser neutralizado y bloqueado en su expresión por una condición opaca e inerte de los "cuerpos psíquicos", la mente y la sensibilidad emocional. En una condición así, el alma humana no estaría muerta, pues es eternamente inmortal, pero sí estaría incapacitada para manifestarse y hacerse presente en la conciencia personal, la conciencia periférica del ser humano, la única que puede ser agredida, oscurecida y secuestrada.

     Estas armas psicológicas no son desconocidas en la historia humana, y en realidad han estado siempre presentes desde que el engaño consciente y la distorsión planificada hicieron su maligna aparición. Su radical peligrosidad estriba en que su uso inteligente, pero nunca sabio, dejaría completamente al margen el irracional temor de los seres humanos a la muerte y la destrucción física. Podrían incluso llegar a garantizar un mínimo nivel de bienestar material, social y psicológico, presentándose públicamente como tentadoras ofertas para alcanzar una deseable calidad de vida y una adecuada satisfacción de todas las necesidades humanas.

     La más peligrosa de todas las armas psicológicas posibles sería aquella que fabricara sucedáneos de la vida espiritual, y lograra presentarlos como la genuina expresión de la espiritualidad. Esto significaría la prolongación indefinida de la condición amnésica de todas las almas que entran en la manifestación, y sufren el impacto inicial de sus tres velos de sustancia comparativamente más densa e inerte, pero no menos potencialmente divina.

     La gran alquimia de las almas, que busca la aproximación y unión consciente entre los mundos sobrenatural y natural, quedaría interrumpida o seriamente obstaculizada. La Gran Obra de la Creación se vería comprometida por la incapacidad del género humano para cumplir su divina misión de ser eslabón consciente entre lo superior y lo inferior, ambos igualmente divinos, pero incapaces de establecer una unión más íntima de no mediar la sabia intervención de las vidas humanas.

     Esta es la verdadera grandeza y miseria del género humano, quitando a estos términos toda impregnación moralista superficial. Así como hay testigos vivientes de cómo lo divino puede expresarse en lo humano, hay también testigos, inmersos en una vida espuria e ilusoria, de la cualidad opuesta. Si la cualidad del egocentrismo se expresa y desarrolla hasta  el extremo, la conciencia personal, unilateralmente magnificada y nocivamente poderosa, se convierte en una conciencia anómala, opaca, y repulsiva para cualquier cualidad que sea expresión de lo espiritual o lo divino. Lo que equivale a decir para toda cualidad íntegra y universalmente humana.

     El mayor mal que le puede sobrevenir al ser humano radica en su incapacidad para neutralizar la condición anterior. A esta forma de "suicidio espiritual" nos referiremos más adelante.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

...
04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

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15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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