La voz del alma

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Un plan de liberación para la Humanidad

 

El Reino de los Cielos

 

El propósito que impulsa al alma a manifestarse cíclicamente en el triple mundo de la vida personal es hacerse plenamente presente en él mediante una personalidad transfigurada. Pero las almas no son entes aislados, porque no hay nada que esté aislado y separado en el Universo. No existe separación real entre los seres, aunque esos seres aparezcan separados desde su circunstancial forma de estar, y no desde su esencial vida en el ser.

     La expresión Reino de los Cielos designa simultáneamente el mundo sobrenatural, el hogar de las almas, así como el estado de conciencia del que ellas participan. Ese estado de conciencia es experimentable en el aquí y ahora, pues es una realidad paralela a los estados anímicos habituales, diferentes a los estados propios del alma, y siempre es accesible para todo yo pensante, sensible y vitalmente activo.

     Entre el Reino de los Cielos y el Reino de la Tierra existe una básica e indestructible hermandad. Las almas humanas son ciudadanas del Reino de los Cielos, y las personalidades, sus máscaras terrenales, son ciudadanas del Reino de la Tierra. Si, en última instancia, las personalidades son almas en transitorio estado de imperfección expresiva, hasta lograr su transfiguración y su liberación final, el mundo terrenal es también la imperfecta manifestación del mundo celestial.

     No existe separación real entre la cualidad celestial y la terrenal, sino una cíclica y dinámica relación entre ambas. Así como no podemos concebir nuestro planeta aislado y separado de su estrella central, el Sol, no es posible la existencia de un mundo de seres humanos expresándose como sociedad, civilización y cultura, aislado de su correspondiente fuente estelar, de su arquetipo creador, con el que se relaciona mediante un permanente proceso de fecundación y renovación.

 

Las fuentes de la utopía

 

El sentido profundo que se encuentra detrás de la inagotable tendencia humana a concebir sociedades ideales y utópicas, radica en esa oculta relación que la conciencia humana tiene con otro estado de conciencia, que participa de la fuente misma de toda Utopía imaginada.

     Las fuentes vivas de cualquier utopía social imaginada son anteriores al intento de expresarlas en palabras, imágenes o revoluciones. Existe una captación unilateral y fragmentario de lo utópico que hace buena la expresión corruptio optimi pessima, la corrupción de lo mejor es lo peor. Toda forma social de totalitarismo da testimonio de la patológica percepción de lo utópico que se produce cuando la mente no está iluminada por la luz del alma, la conciencia perfecta y completa. Entonces se hace bueno también el dicho el sueño de la razón engendra monstruos, como figura en uno de los grabados de la serie de los Caprichos de Goya.

     Hay un sueño mortecino y crepuscular de la razón que deambula por los sombríos laberintos del poder impuesto, de la posesión, de la conquista y el dominio ilegítimo ejercido en el sagrado espacio de la libertad.

     Pero existe también un sueño luminoso de la razón, cuando ésta se abre a lo  que trasciende a la razón sin pervertirla ni violentarla. El sueño inteligente de la imaginación creadora es capaz de penetrar en el espacio de la Utopía, de tal manera que de esa excursión se derive un efectivo avance en la gran empresa de aproximar conscientemente el mundo de los seres humanos, de las almas encarnadas, al mundo de las almas que influyen y tratan de orientar la vida de las anteriores. Esta aproximación ha de culminar en la unificación total entre ambos mundos.

     La transfiguración de la personalidad supone la plena recuperación consciente por parte del alma encarnada de su estado de conciencia como alma influyente. El alma ha descendido a la encarnación en su integridad, o de manera completa y perfecta. Cada alma que alcanza este momento culminante, previo a su definitiva liberación de toda forma de limitación terrenal, entra en un estado de disponibilidad total en el servicio al Plan que persigue la liberación de la entera Humanidad. 

     Hablemos pues, abiertamente, de la existencia de un Plan de liberación de la Humanidad. Un Plan que nace de ese estado de conciencia libre que simboliza la expresión el Reino de los Cielos. Un estado de conciencia en el que se han borrado definitivamente todas las separaciones debidas a circunstancias externas tales como la raza, el credo, o la lengua. Una formulación sintética de ese Plan podría ser: hacer presente el Reino de los Cielos en el Reino de la Tierra. Esto no significa predicar, ni mucho menos imponer, un determinado credo religioso o político, porque el Reino de los Cielos es un estado de conciencia universal en el que no tienen cabida los particularismos excluyentes de cualquier especie.

     No obstante, es cierto que la conciencia humana se abre progresivamente a lo universal a fuerza de experimentar el fracaso persistente de todo proyecto o plan erigido sobre una percepción fragmentaria e ilusoria de lo Real. La radical insuficiencia de lo particular aislado para otorgar sentido, es la base experimental que hace cada vez más verosímil la hipótesis de lo universal.

     La percepción de lo universal nos lleva a mirar lo particular con ojos nuevos, y descubrir que el Todo se proyecta misteriosamente en cada una de sus partes integrantes. Si existe un Plan global para la Humanidad, que ya está escrito en los registros ocultos de la conciencia libre y universal de las almas, ese Plan será siempre un Plan presentado a la libre indagación del pensamiento y la imaginación creadora, más nunca podrá ser un Plan impuesto o violentamente proyectado en las vidas de los seres humanos.

     El único Plan de liberación para el género humano digno de merecer tal calificativo, sólo puede nacer del estado libre y luminoso de la conciencia humana, y por lo tanto sólo podrá ser percibido en la medida en que ese estado consciente sea realizado y actualizado.

 

Los mensajeros del Plan

 

La percepción que han tenido los seres humanos del Plan a lo largo de la historia, ha estado condicionada por el nivel de despertar alcanzado, individual y colectivamente. La rebelión de los esclavos en el imperio romano, la extensión progresiva a sectores cada vez más amplios de la población del derecho a la educación y el acceso a los bienes de la cultura, o el reconocimiento de los derechos sociales y políticos de la clase trabajadora, son algunos ejemplos, entre muchos posibles, de cómo se ha ido desarrollando en la conciencia humana la sensibilidad al Plan, y la respuesta al mismo, expresada en todos los logros alcanzados en el campo social, artístico, científico o filosófico.

     Junto a estos avances, penosamente conseguidos muchas veces, la Historia registra la presencia fulgurante de seres peculiares que parecen cumplir la importante función de ser mensajeros y renovadores del Plan. Son seres que aportan una nueva y decisiva información, que permite iluminar las diferentes cuestiones humanas desde una nueva perspectiva. Podríamos decir que son viajeros que provienen de las fuentes del Plan, y transmiten un mensaje que actúa como un poderoso centro de atracción para todas las sinceras y honestas tentativas de registrar, percibir, comprender y aplicar ese mismo Plan.

     En estos mensajeros de lo Alto, aludidos en diferentes tradiciones con términos como avatares y mesías, está la garantía de toda posible realización humana. Lo divino se aproxima a lo humano, y lo humano reconoce a lo divino, porque ambas cualidades comparten un terreno común. Cuando el ser humano se humaniza en su sentido más radical, también se diviniza en su expresión más auténtica.

     El cielo y la tierra nunca han estado separados, de la misma forma que la Tierra nunca ha dejado de estar inmersa en la luz solar. Sin embargo, es necesario que desde el hemisferio en sombras de la conciencia humana se tienda un puente hacia la luz. Al mismo tiempo, desde la luz se emprende una actividad paralela, que va al encuentro del esfuerzo anterior. Cuando el hombre sube a la montaña, Dios desciende sobre la cumbre, y ese encuentro humano-divino, siempre único y siempre universal, es el que justifica la Historia.

 

Lo divino está en lo humano

 

Cada alma es el medio transmisor de lo divino hacia su sombra terrenal. A su vez, cada personalidad que despliega su humanidad va al encuentro de la divinidad que le pertenece por derecho propio. No hay verdadero conflicto ni abismo entre lo humano y lo divino. Todas las almas son mensajeras del Altísimo en los lugares sombríos de la vida humana. Reconocer esta función y asumirla plenamente es un acto de amor que excluye cualquier forma de orgullo o vanidad.

     Para abrirse a lo divino, el ser humano no tiene que atenerse a las normas dictadas por quienes pretenden poseer la correcta interpretación de lo trascendente. No tiene que rebajarse, humillarse, ni confesar su supuesta naturaleza pecadora. Tampoco tiene que aceptar su radical dependencia de un acto de redención y salvación que le es impuesto a través de una maraña de interpretaciones teológicas, desconectadas de las fuentes de la revelación viviente.

     Lo divino está presente en lo humano, y la gran tarea y misión que todo ser humano tiene por delante es descubrir ese hecho de profundas implicaciones.

     Las almas entran y salen del espacio-tiempo de la existencia personal como partícipes de un grandioso experimento cósmico, por el cual esa expresión de la energía universal que llamamos espíritu ha de ser llevado conscientemente a establecer una unión más íntima con esa otra expresión de la misma energía que llamamos materia.

     Las almas son portadoras de esta información trascendente. El espíritu y la materia son expresiones complementarias de un mismo principio substancial, inseparable de la vida en su acepción más universal. El mundo sobrenatural, o el Reino de los Cielos, es la amorosa matriz que pacientemente va configurando a su imagen y semejanza al mundo natural, el Reino de la Tierra. El grandioso destino de las almas humanas radica en que únicamente ellas, dentro de las infinitas "oleadas de vida"en evolución, pueden efectuar esa unión consciente entre lo natural y lo sobrenatural, entre el cielo y la tierra entre lo humano y lo divino.

 

El pecado de la separatividad

 

El único pecado real es negarse a participar y colaborar en esta gran tarea de reunificación de lo que todavía está parcialmente escindido y separado. Esta es la gran herejía de la separatividad de la que se habla en la tradición budista. El no reconocimiento de la interdependencia de todos los seres, junto con su libertad, es la maligna fuente inspiradora de toda acción humana que acrecienta la miseria, la injusticia, el odio, el sufrimiento y la ignorancia, o contemporiza culpablemente con esas expresiones sombrías y sin humanizar del proyecto vivo y dinámico que es un ser humano en evolución.

     Cada alma participa de este grandioso designio universal en un doble sentido, como entidad individual, y como entidad integrada en el organismo vivo que es el mundo de las almas. La liberación global del género humano depende del trabajo individual que cada alma emprende para obtener su propia liberación. Pero ese trabajo individual depende a su vez de la captación general que la propia Humanidad tiene de sí misma, de su posición en el Universo, y de su sensibilidad grupal como organismo viviente.

     La gran herejía de la separatividad puede ser expresada también como el intento de construir paraísos cercados y amurallados a los que sólo una minoría privilegiada puede tener acceso. Tales seudoparaísos son auténticos tumores malignos en el tejido viviente de la naturaleza humana social, y sólo pueden existir gracias al engaño, la ilusión y la ignorancia inteligentemente fomentados por quienes viven como parásitos de la propia Humanidad, tomando sin dar, reteniendo lo que debería circular libremente, enterrando los talentos que podrían ser negociados para incrementar la riqueza colectiva.

     Estos tumores malignos están separados del Plan y militan en contra de él. Pero el Plan, que es universal e incluyente en su máxima expresión, no está separado de ellos, pues nada hay en él que responda a la separación. Tropezamos aquí con uno de los mayores misterios que siempre ha ocupado a la especulación de los seres humanos, la cuestión del mal, de su origen y de su naturaleza.

     Sólo una mayor comprensión de la naturaleza profunda del Plan y de su Propósito motivador, puede hacernos avanzar en la comprensión de ese misterio, por lo que dirigiremos precisamente a este objetivo nuestro próximos pasos.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

...
04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

...
15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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