La voz del alma

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El plan y el propósito del alma

 

El plan es la expresión de un propósito

 

En lo sucesivo, entenderemos la palabra plan como la estrategia global que adopta una vida consciente e inteligente para conseguir la realización de un propósito. La naturaleza del propósito determina y condiciona el plan a seguir. El propósito tiene un cierto carácter de permanencia, de objetivo básico y fundamental. El plan participa más directamente de lo contingente, de lo que tiene validez provisional y, por lo tanto, necesita ser revisado periódicamente.

     Encontramos así, en relación a las palabras plan y propósito, una dualidad que ya nos resulta familiar, pues hemos hablado de dos clases diferentes de sabores psicológicos. El sabor de lo impermanente, la cualidad presente en el mundo de la formas transitorias, sujetas inexorablemente a su ciclo de existencia. Y el sabor de lo permanente, que experimentamos cuando logramos traspasar los límites del mundo natural, y penetramos en los campos de esas ideas-fuerza a las que aludimos con palabras como Verdad, Belleza, Bien, Amor y Libertad.

     El propósito es permanente sólo en un sentido relativo, pues no existe, dentro del microcosmos humano, ningún propósito absolutamente inmutable, pues de otro modo enfrentaríamos una condición patológica, en la que una idea ha invadido el campo de la conciencia y se ha convertido en una idea obsesiva, que engendrará con toda probabilidad una conducta intolerante, agresiva, impositiva y fanática.

     Los propósitos que nos proponemos a lo largo de la vida responden al nivel alcanzado en cada momento en la percepción de la existencia y sus múltiples circunstancias, así como del grado de autopercepción y autoconocimiento alcanzado. En los niveles más primarios de autoconocimiento, sólo es posible y útil formular propósitos de supervivencia y adaptación al medio externo, y esa es la función que cumple ese esquema de conducta primordial implicado en todo lo que es instintivo.

     A medida que la percepción se va ampliando, y nuevos intereses vitales van haciendo su aparición, la naturaleza de los propósitos se va modificando. En sentido estricto, sólo está justificado hablar de la existencia de un propósito vital cuando la mente autoafirmadora de la personalidad ha logrado un desarrollo suficiente, y la existencia va siendo algo más que una mera sucesión de respuestas reactivas, de naturaleza predominantemente emocional, a los impactos exteriores. Durante esta etapa, esos impactos son recibidos y absorbidos por la pantalla de la sensibilidad emocional, que es una de las tres envolturas que ocultan al Yo central, el alma.

     El propósito requiere que en la vida psicológica se haga presente una cualidad reflexiva que vaya sustituyendo progresivamente a las cualidades reactivas en nuestras relaciones con el medio circundante. Lo reactivo se da siempre en detrimento de lo reflexivo, mientras que lo reflexivo va desmontando el mecanismo de la respuesta reactiva.

 

Diferentes propósitos de la personalidad

 

Esta reflexión previa nos permite hablar del propósito en diferentes niveles:

1. Propósitos de una personalidad autocentrada, aun    insensible a los impactos del alma

2. Propósitos de una personalidad que empieza a responder débilmente a la presencia del alma

3. Propósitos de una personalidad que ha reconocido conscientemente la realidad del alma, y ha decidido emprender el camino que la llevará a fusionarse con ella

4. Propósitos de una personalidad fusionada con el alma, una personalidad transfigurada

     Los propósitos de la clase 1 responden a los valores convencionales del éxito y del triunfo, que otorgan poder, popularidad, influencia, bienestar material, y un cierto bienestar intelectual-emocional.

     Durante la segunda etapa, permanecen los propósitos de la etapa anterior, pero ahora empiezan a aparecer otros, que nacen de la duda inteligente, basada en la experiencia, de que la consumación de los propósitos de la clase 1 conduzcan de manera perdurable a esa condición que vagamente llamamos felicidad.

     Aparece entonces un nuevo sentido de la responsabilidad, no solamente en relación a las personas del círculo más íntimo de familiares y amigos, sino en relación a situaciones globales de las que participan personas ajenas a ese círculo. Este sentido de la responsabilidad no tiene por qué expresarse en lo que convencionalmente llamamos altruismo, o servicio a los demás, sino que está motivado indirectamente en la obtención de algún beneficio personal.

     Sin embargo, el interés grupal es el sello distintivo del influjo efectivo del alma. Quienes se encuentran en esta etapa mostrarán interés en participar, más o menos activamente, en grupos culturales, políticos, deportivos, religiosos, o de cualquier otra índole.

     En los propósitos de la clase 3, el interés por lo grupal se ha agudizado notablemente, el móvil se ha depurado de intereses egoístas, y se define ahora como una intención de dar y aportar, más que de recibir o beneficiarse de la relación grupal. Aparece entonces el verdadero sentido de la responsabilidad grupal, en la que el beneficio colectivo es de mayor importancia que el beneficio personal.

 

 La transfiguración de la personalidad

 

La culminación inevitable del proceso emprendido por una personalidad firmemente orientada hacia su fuente de emanación, el alma, es la personalidad transfigurada. En ese estado, los velos que ocultaban al alma, la conciencia perfecta, se han vuelto transparentes, luminosos e irradiantes.

     La personalidad transfigurada no puede tener otro propósito que no sea el propósito del alma. Esto es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta el hecho de que la personalidad transfigurada es un alma que por fin ha logrado descender totalmente a la encarnación física, sin pérdida en la universalidad y lucidez de su conciencia. Para ello ha sido necesario el largo ciclo de manifestaciones periódicas, en las que la sabiduría del alma ha ido construyendo una y otra vez sus tres cuerpos de manifestación.

     Los tres cuerpos son la mente analizadora e interpretadora de la experiencia sensorial, la sensibilidad emotiva que responde espontáneamente a esa experiencia, y el cuerpo físico-vital, que es el instrumento más externo y denso de la máscara terrenal del alma, y el que le permite vivir en el mundo en el que tiene lugar la experiencia sensorial.

     La construcción de estos tres aspectos del cuerpo humano íntegro, alcanza su punto final cuando el triple cáliz formado por ellos puede resistir el poderoso impacto de la energía del alma, al verterse enteramente en él.

     La mente interpretadora y analizadora se habrá unido entonces con la mente abstracta, capaz de registrar los campos de energía que llamamos ideas. Así se establece una vía de comunicación directa en dos sentidos, entre el mundo de las ideas abstractas y el mundo de las formas concretas.

     La sensibilidad emotiva, que responde al contacto sensorial, habrá experimentado un proceso de apertura y profundización, en virtud del cual el contacto se realiza directamente con la vida interna y no con las envolturas externas que la limitan y la condicionan. Vemos y conocemos a los demás en la misma dimensión universal en la que nos vemos y conocemos a nosotros. Comprobamos la realidad eterna de la no separación entre los seres, y ajustamos nuestra conducta a este hecho de la experiencia. Ajustar la conducta es llevar una conducta justa, pues la norma que se observa es el canon del alma.

     Por último, el cuerpo físico, en su doble vertiente como campo vital, más la estructura objetiva y tangible que es vitalizada por él, se habrá convertido en el recipiente ideal de las fuerzas psíquicas presentes en el espacio mental, armónica y coherentemente organizadas. De esta manera, la conciencia cerebral registra con plena nitidez un triple flujo perceptor: las percepciones sensoriales de las formas externas, la percepción de las ideas arquetípicas que se reflejan imperfectamente en esas formas, y la percepción comprensiva de la actividad inteligente de la vida, dinámica y creadora, que hará posible finalmente la plena manifestación de los arquetipos y la plena exteriorización de lo que ahora está oculto, pero eternamente vivo.

 

El doble propósito del alma

 

Para el alma, la palabra propósito puede aplicarse en dos sentidos análogos y complementarios. En uno, el alma asume la misión de entrar en el tiempo y en la expresión de la materia-energía más densa de la Creación, para construir en ella un adecuado instrumento de contacto y experiencia, su principal herramienta de trabajo en el triple mundo de lo mental, lo emocional y lo físico. Por otra parte, el alma tiene la misión, complementaria de la anterior, de retornar a su propia fuente espiritual de origen.

     En el primer caso, el propósito del alma es construir una personalidad que pueda vivir plenamente la experiencia iniciática de la transfiguración. Para ello, esa personalidad ha de ser capaz de acoger en sí misma la totalidad de la vida del alma, lo que conlleva su propia extinción en el alma. El lenguaje místico cristiano lo denomina morir en Cristo.

     Ese propósito se va cumpliendo progresivamente a través de numerosos propósitos menores. En cada manifestación particular, el alma enfrenta un propósito menor, dentro del gran propósito mayor de la transfiguración. Para cumplirlo, el alma planifica sabiamente cada existencia personal como el siguiente paso a dar en el camino de la liberación. Este plan se elabora en equilibrio dinámico entre la necesidad y la libertad.

     Al principio, casi toda la experiencia vital viene dictada por la necesidad, que no niega ni anula la libertad germinal, sino que prepara el terreno adecuado en el que ella puede arraigar y fructificar. La adaptación inteligente a las formas ha de dar paso progresivamente a la adaptación sabia a la vida misma. Esto es posible gracias a una cualidad que está presente en todos los procesos evolutivos: el aprendizaje. Lo que aprendimos en el pasado nos sirve, de manera casi automática e inconsciente, para el aprendizaje del presente, así como éste cumplirá la misma función para el aprendizaje del futuro.

     Cada unidad de vida consciente sujeta al proceso evolutivo va dejando sucesivamente bajo el umbral de la conciencia pasados logros y adquisiciones, que son utilizados cada vez de manera más directa y espontánea, sin gasto apenas de energía consciente.

 

El aprendizaje de las respuestas correctas

 

Para percibir con más claridad este hecho, podemos ver la existencia cotidiana como la posibilidad, renovada día tras día, de ejercitarnos en el aprendizaje y aplicación de las correctas respuestas emocionales e intelectuales a las diferentes situaciones que nos plantea la vida diaria.

     Las personalidades más evolucionadas son aquellas que han logrado interiorizar e incorporar un mayor repertorio de respuestas a las cambiantes circunstancias externas, sabiendo en todo momento cuáles son las más adecuadas en relación a la situación que está siendo afrontada. Son personas que, sin esfuerzo aparente, son correctas, amables y bondadosas en el trato, se adaptan con facilidad a distintos tipos humanos y ambientes sociales, sin perder en ningún momento su identidad, sus cualidades, y su estilo personal en la conducción de la vida y sus asuntos.

     Dentro de la categoría genérica de personalidades evolucionadas conviene distinguir entre dos grupos bien diferentes. Uno lo constituyen las personas que han alcanzado un alto grado de coordinación interna, pero que no están subordinadas al alma, el Señor interior. Son personas convencionalmente triunfadoras, que suelen tener éxito en la consecución de sus propósitos, basados en el interés personal y no grupal, aun a costa de dañar y perjudicar los intereses ajenos. Estas personas saben lo que quieren en un sentido puramente mundano.

     El otro grupo lo forman las personas que pueden no ser triunfadoras según las normas sociales sancionadoras del éxito mundano, pero que están preparando, oculta y silenciosamente, el gran triunfo final: la transfiguración, y la consiguiente liberación de la Rueda de las manifestaciones cíclicas en el mundo natural. Estas otras personas saben lo que quieren en el sentido literal que imparte la palabra "saber". Han "saboreado"al alma y su mundo de valores, y esa experiencia ha dejado una huella indeleble. Es una experiencia que imprime carácter. El sabor del alma es generador de sabiduría, expresada tanto en los actos de la vida diaria como en la planificación global de la vida.

     El sello que pone la presencia del alma en la vida diaria es la capacidad para percibir con claridad cuáles son los factores implicados en cualquier situación que pueda presentarse, el nivel relativo de importancia que tiene cada uno, y el mejor procedimiento a seguir para que esa situación tenga un desarrollo que repercuta en un mayor beneficio colectivo y no en un mayor beneficio personal.

     A medida que las correctas respuestas emocionales e intelectuales se van incorporando, se va liberando más energía consciente para ser enfocada en nuevos y más amplios campos de aprendizaje y experiencia. Aparece entonces la dimensión universal de la vida humana. El auténtico cosmopolitismo, o la ciudadanía universal, se percibe como una posibilidad cada vez más cercana. Finalmente, y después de haber agotado todas las ilusorias variedades del éxito a las que le ha conducido el ser un hombre de mundo, el ser humano se convierte en un verdadero cosmopolita. Ahora sabe que su destino es inseparable de un grandioso destino cósmico, que proyectará su vida hacia regiones del Universo infinito, herméticamente cerradas para quienes sucumben a la fascinación del poder y del triunfo mundano.

 

La personalidad transfigurada y la muerte mística del alma

 

En la evolución estrictamente biológica, la cualidad de interiorizar e incorporar anteriores logros y conquistas, aparece de forma notoria en el phylum particular que ha desembocado en la especie humana. Nuestro cuerpo físico no se explica sin la acción de numerosos planes adaptativos ensayados por la vida, que evoluciona hacia niveles cada vez más elevados y conscientes de expresión de sus infinitas posibilidades.

     Es interesante comprobar que una rígida adaptación a las condiciones ambientales no es un buen plan, puesto que impide una respuesta flexible y rápida a una modificación de esas condiciones ambientales, más o menos repentina o gradual. Un cierto nivel de inadaptación es útil para el dinamismo de la vida en evolución, pues es la garantía de sucesivas adaptaciones, igualmente flexibles. En este hecho puede apreciarse la cualidad transitoria de todo plan, y la conveniencia de que sea así. Una reflexión profunda sobre la sabia transitoriedad de todo plan, nos sitúa de nuevo ante la muerte, el acto final de nuestra transitoria vida terrenal.

     Del mismo modo que el alma planifica aparecer en el mundo natural mediante el nacimiento de una personalidad concreta, también planifica su desaparición temporal de ese mundo mediante la muerte de su personalidad, de su máscara consciente, cuando llega el momento de poner punto final a esa experiencia particular. La decisión de hacer morir a la personalidad parte de la propia alma, que aun no puede descender plenamente a la manifestación terrenal por no disponer de una estructura corporal adecuada para ello.

     El alma emana de sí misma justo ese caudal de energía de vida-conciencia que puede ser incorporado en una determinada personalidad o máscara. A medida que la máscara se va haciendo más resistente al impacto de la energía del alma, esta va aumentando proporcionalmente la intensidad de su presencia.

     Finalmente, aparece una personalidad que puede incorporar y recibir en su "cáliz", o recipiente corporal, la totalidad el alma. El alma se manifiesta en su plenitud, y transfigura a su personalidad. El signo externo de este gran acontecimiento espiritual aparece simbólicamente en los evangelios en el hecho de que las vestiduras de Jesús, el alma, se muestran blancas y luminosas.

     En el caso de la personalidad transfigurada, ya no hay un alma expectante que imparta la orden de morir a una personalidad aun imperfecta o incompleta. La personalidad transfigurada es la máscara perfecta, la única que puede acoger a la conciencia perfecta o completa del alma. El sentido filosófico de la perfección no radica en la máxima excelencia posible obtenida en una determinada línea de desarrollo, sino en la integridad o el hecho de "estar completo" algo o alguien.

     En la muerte de la personalidad transfigurada está implicada una instancia superior al alma, el espíritu, la fuente de la vida del alma, así como esta ha sido la fuente de la vida y la conciencia de cada una de sus sucesivas personalidades. La transfiguración permite que el arriba del ser humano, su espíritu, entre en directa comunicación con el abajo de su sistema expresivo, la máscara personal de triple cualidad física, emocional y mental. En ese momento, el alma, el como que es el término medio del conocido aforismo hermético como es arriba es abajo, como es abajo es arriba, ha cumplido con su función de enlace, por lo que se dispone a subir simbólicamente al monte de la crucifixión, igual que antes ascendió al monte de la transfiguración.

     La transfiguración es el prólogo de esta crisis final en la larga experiencia del alma como eslabón intermedio entre la esencial vida del espíritu, y su expresión más densa y objetiva, la triple personalidad. A esta crisis la simbología cristiana la llama crucifixión, mientras que la simbología hindú se refiere a la misma como renunciación. Sin embargo, esas dos palabras se refieren al mismo hecho, de validez universal: la plena liberación del alma de cualquier vestigio de atadura y limitación material, obtenida en el mundo material al que ha descendido en la totalidad de su presencia, o de manera perfecta.

     Esta crisis final del alma también supone su liberación en dos sentidos. Uno referido al mundo inferior o natural, y otro referido al mundo superior o sobrenatural. Por un lado, ha agotado todas las experiencias posibles en los tres mundos del ecosistema planetario natural, el mental, el emocional y el físico. Por otro lado, y como consecuencia de la culminación de su aprendizaje en el mundo natural, el alma, simbólicamente crucificada en la cruz de la existencia material, muere a esa forma de existencia limitada y condicionada, para retornar con toda la gloria y el poder adquiridos, a su fuente de origen, a la mansión paterna, al padre o espíritu.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

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04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

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15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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