La voz del alma

8

 

El alma es el campo unificado de la conciencia

 

Lo universal y lo específico

 

El alma posee dos cualidades que pudieran parecer enfrentadas e incompatibles para una visión superficial: la universalidad y la especificidad. Por la primera, el alma participa en plenitud de lo que es más grande que ella misma, siendo esta participación consciente en el Todo el fundamento de su propia grandeza. Por la segunda, el alma es la portadora de una individualidad única e irrepetible en todo el Universo.

     Lo universal y lo específico tienen un lugar de encuentro y de síntesis en el mundo del alma. Las cosas y los seres son diferentes entre sí porque son la expresión de un alma que los individualiza y los particulariza, reteniendo al mismo tiempo su participación en lo universal.

     Si observamos el mundo que nos rodea, encontraremos que no hay dos cosas ni dos seres que sean perfectamente idénticos entre sí. Vivimos en un mundo animado, expresión de la infinita variedad contenida en el Ánima Mundi. En el lenguaje coloquial decimos que algo está animado cuando tiene vida, riqueza de matices y posibilidades. Cuando es atrayente para la sensibilidad. El alma es la gran animadora de todo lo existente, pues es la fuente de la diversidad, siendo ella la expresión de la unidad que trasciende toda diferencia y variación.

     Desde esta perspectiva "animada" no existe el mundo de las cosas "inanimadas" o desprovistas de alma, pues todo lo existente refleja siempre una particularidad específica, por nimia e insignificante que pudiera parecer a nuestra consideración. Una silla nunca es exactamente igual a otra silla de su mismo diseño, y fabricada con los mismos materiales. Incluso los objetos producidos en serie tienen al menos un número de fábrica que los identifica y les confiere una cierta forma de alma, por débil que esta pueda ser. Nuestra preferencia por unos objetos en detrimento de otros se debe en última instancia a la mayor o menor afinidad existente entre nuestra alma y el alma propia de las cosas.

     El alma es también la que hace que los seres y las cosas sean insustituibles, pues reflejan un aspecto de lo universal que no se reproduce en ningún otro ser ni en ninguna otra cosa de esa misma manera. El alma es la que otorga un estilo propio e inconfundible a los seres humanos, pero también a los seres vivos no humanos que participan, en mayor o menor grado de intensidad, de un alma colectiva o mente grupal. Cuando decimos de alguien que carece de personalidad, o que tiene poca personalidad, estamos poniendo de manifiesto, implícitamente, que esa persona está aun lejos de estar benéficamente controlada y dirigida por el alma que la creó como una sombra suya, germinalmente libre. Es la libertad germinal presente en la máscara del alma la que la lleva a cometer el error de creer que ella es un ser autónomo y completo. De esta forma se empobrece y se limita a sí misma en sus recursos expresivos.

     Lo mismo podría decirse de las creaciones artísticas fallidas, carentes de originalidad o estilo propio, lo que siempre es achacable a la relativa incapacidad de su autor para insuflar el soplo de la vida a su pequeña creación. El hombre ha sido hecho a imagen y semejanza del Sumo Hacedor, pero ha de aprender a crear y a insuflar vida, o dotar de alma a sus creaciones. El alma es la única fuente de la originalidad, tanto del artista creador como de cualquier ser humano, pues ella es el origen y el fin de todas las personalidades que son expresiones suyas, y que desembocarán, como veremos en el próximo capítulo, en la personalidad transfigurada, la obra maestra que el alma ha de conseguir trabajando con la materia prima de la triple sustancia de su máscara terrenal, la sustancia intelectual, emocional y física.

     Hablando con rigor, únicamente los seres, y no las cosas, son verdaderamente insustituibles, pues sólo ellos participan directamente del Ánima Mundi, de la fuente universal de las almas particulares. Apurando más el argumento, sólo los seres conscientes de sí mismos, entre los que nos encontramos nosotros, son literalmente insustituibles, pues sólo ellos poseen un alma individual en la que está íntegramente reflejado el macrocosmos.

     Las cosas que pueblan nuestro mundo y que han nacido de la actividad humana son portadoras de una forma de alma que las individualiza, pero que no las convierte necesariamente en insustituibles. Sólo esa clase selecta de cosas que identificamos como obras de arte, tienen una cualidad de alma que las hace verdaderamente insustituibles. Reconocemos esa cualidad en objetos artísticos tan diversos como la catedral de Chartres, la Escuela de Atenas de Rafael, el Fausto de Goethe, los caprichos de Goya, o El Pensador de Rodin.

     Una obra de arte es lo opuesto a una pieza de recambio, a un elemento sustituible por otro sin que se produzca una pérdida de funcionalidad en la máquina a la que esa pieza pertenece. La actividad artesanal se diferencia de la actividad industrial a gran escala en el tipo de alma que cada una de ellas es capaz de insuflar a sus productos. Lo artesanal y lo industrial pueden convivir en una sociedad abierta y equilibrada. Un taller artesanal de bombillas o tornillos sería algo tan absurdo como una cadena de montaje de novelas. El arte se degrada cuando pierde la cualidad artesanal y creativa que sólo proporciona el contacto y la manipulación directa del artista creador con la materia que plasmará y formalizará su creación.

     Si recorremos la escala de los seres vivos en lo relativo a su apariencia externa, desde los organismos unicelulares más simples hasta el ser humano, el organismo pluricelular más complejo, encontraremos que las dos cualidades de lo específico y lo universal están siempre presentes, en proporción directa a su grado de complejidad y organización.

     Mediante la especificidad, los seres adquieren identidad y consistencia propias. Son reconocibles e identificables como miembros de tal orden, familia, género o especie. Lo específico que hay en ellos es lo que permite que sean clasificables, y que exista una disciplina como la Taxonomía. Pero su especificidad no agota su naturaleza, pues los seres no son piezas de museo provistas de una etiqueta o de un número de catálogo que las identifica.

     Todos los seres participan también de lo universal, pues son expresiones en última instancia del principio más universal posible: la Vida, el Impulso original y primigenio que se manifiesta tanto en la expansión del Universo, como en el hecho omnipresente de la relación e interdependencia de todo lo vivo. La vida es, fundamentalmente, actividad y relación, energía en manifestación múltiple, y en continua interacción consigo misma.

 

Las simetrías ocultas

 

Una de las líneas de investigación más apasionantes de la Física es la búsqueda de la fuerza unificada y primordial de la que las cuatro interacciones actualmente conocidas son simples expresiones particulares. Pero la búsqueda de los grandes Principios de unificación es posible porque cada clase particular de fenómenos, cuya unidad esencial sospechamos inteligentemente, posee cualidades específicas que la diferencian del resto.

     Los fenómenos electromagnéticos son diferentes de los fenómenos radioactivos sólo si nos movemos en una cierta relación de especificidad-universalidad. Ampliando esa relación, encontramos que ambos aspectos de fuerza son expresiones de una misma interacción, la llamada por los físicos fuerza electrodébil.

     La fuerza que mantiene cohesionados a los átomos, en virtud de la atracción eléctrica entre el núcleo positivo y la nube electrónica negativa, posee la misma naturaleza esencial que la fuerza que hace que algunos átomos cambien de identidad, transmutándose en otros mediante la radioactividad.

     Cada átomo es portador de una identidad como elemento químico, la cual radica en su núcleo, en analogía con lo que hemos dicho acerca del alma como conciencia nuclear y trascendente. Esa identidad o especificidad participa de una condición universal más incluyente, de una simetría oculta de la Naturaleza, dicho en el lenguaje altamente esotérico de los físicos. Pero esa simetría es inobservable en las circunstancias ambientales del Universo actual, aunque suponemos que tuvo una presencia real y efectiva en algún momento del pasado, cuando la temperatura del Universo era lo suficientemente elevada como para que prevaleciera lo universal sobre lo específico, la unidad sobre la diferenciación.

     Tengamos ahora en cuenta la analogía existente entre el alma como conciencia nuclear, y los núcleos atómicos como la expresión del alma de los elementos químicos. La cohesión interna de los núcleos, y de sus partículas constituyentes, se debe a una interacción denominada fuerte, por ser comparativamente la de mayor intensidad entre las cuatro conocidas. La interacción fuerte, que relaciona entre sí esos misteriosos entes llamados quarks, es una verdadera expresión del "alma" de las entidades que llamamos "elementos químicos", o de las partículas que constituyen los núcleos que los definen, los protones y los neutrones.

     Las fuerzas fuerte y electrodébil poseen cada una su propia especificidad, pero si nos remontamos aun más hacia el origen del Universo, y reproducimos las condiciones originales del Cosmos, encontraremos que ambas especificidades quedan integradas en una referencia común más universal, la presente en las llamadas Grandes Teorías de Unificación, en las que las tres interacciones ya mencionadas, electromagnética, débil y fuerte, son expresiones particulares de una misma interacción fundamental.

     Sin embargo, estas Teorías de Unificación no son aun la expresión más universal posible de las interacciones físicas, pues deja al margen a la fuerza de la gravedad, increíblemente débil en relación a las anteriores. Los físicos y matemáticos que trabajan en este campo de investigación, van a la búsqueda de una Superfuerza básica y oculta, que gobierna el multiforme y variado mundo de los fenómenos físicos.

     Es muy significativo, por su alto valor analógico, el hecho de que estas simetrías ocultas de la Naturaleza sean inobservables a las temperaturas habituales del Universo en el que vivimos, y sólo se pongan de manifiesto a las elevadas temperaturas que suponemos existían en el Universo cuando este era inconcebiblemente más pequeño, más caliente y más denso que el actual. Lo oculto empieza a desvelarse a medida que vamos retrocediendo en el tiempo y acercándonos al origen, al hipotético instante cero que dio nacimiento al Universo del que somos átomos vivos y conscientes.

 

La temperatura de la conciencia

 

Los grandes Principios de unificación de las diferentes interacciones físicas sólo se ponen de manifiesto a elevadas temperaturas, cuando la energía alcanza su máxima intensidad y concentración.

     Si admitimos el Principio de Analogía como un Principio fundamental en nuestra particular investigación y exploración, podemos afirmar que la unidad esencial que subyace en la conciencia humana sólo queda desvelada y manifestada cuando la "temperatura psíquica" de la misma alcanza un valor suficientemente elevado. Si el alma es el núcleo solar de la conciencia, sólo en ella se encuentra esa fuente de energía similar a la fuente de la energía solar, posible únicamente merced a la elevada temperatura existente en el corazón del Sol.

     Habitualmente, la vivencia psicológica de los seres humanos se desarrolla a una temperatura muy baja. Esta simbólica "frialdad" de la conciencia hace que el yo no sea una unidad, sino una pluralidad de elementos psíquicos inconexos y enfrentados. Es un yo lunar y no un Yo solar. Sólo elevando la temperatura de la conciencia, intensificando la energía atencional a lo que pasa y a lo que nos pasa, es posible elevarnos desde la multiplicidad enfrentada y contradictoria de la personalidad, la conciencia lunar, a la riqueza integrada y unificada del alma, la conciencia solar.

     La proximidad del alma a su vehículo de manifestación, la personalidad, hace que esta eleve su temperatura psicológica, llevándola a un estado de conciencia más parecido al nivel original y primordial. Un estado de elevada intensidad energética, en el que las simetrías ocultas en la naturaleza humana quedan de manifiesto.

     Por el contrario, la distancia del alma con respecto a su expresión externa, determina su frialdad psicológica, su bajo nivel de energía, el cual hace posible todo tipo de divisiones y enfrentamientos entre sus elementos componentes. En estados de baja energía, la dispersión y la fragmentación prevalecen sobre la unificación y la integración.

     El nivel de temperatura psíquica de la conciencia, su calidad de energía consciente, determina la calidad de la conducta y de los contactos y relaciones que se dan en el espacio de la convivencia humana. La frialdad psicológica de la conciencia periférica convierte a ésta en algo más parecido en su funcionamiento a una máquina que a una entidad libre y consciente.

     La conciencia-máquina, o conciencia mecánica, es incapaz de percibir las diferencias específicas de los seres, y la universalidad de la que esos seres son testigos vivientes. Tan sólo reconoce las diferencias formales, que pertenecen siempre al ámbito de lo provisional y lo efímero. Esta incapacidad lleva inexorablemente a uniformizar el mundo, a simplificar y empobrecer lo que es complejo, rico y variado. El lenguaje pone de manifiesto esta cualidad negativa de la simplificación cuando decimos de algo que es una simpleza, queriendo decir que es una afirmación que empobrece y degrada lo que, para una visión no simplista, aparece como lleno de cualidades y matices.

     El uniforme es una vestidura impuesta que se ajusta a un patrón o diseño tipo, el cual se repite monótonamente en todas las personas y formas materiales que responden a ese criterio de uniformidad. A su vez, la uniformidad es la versión degradada de la universalidad, de la participación en la esencial unidad del Ser, que informa la vida individual de todos los seres. Es una universalidad violentada y rebajada al nivel más denso de la expresión material y formal. El único criterio de universalidad aplicable legítimamente al mundo de las formas es la variación y la diversidad.

     El mundo de las formas se rige por un Principio de Variación, que es la expresión plural del Principio de Unidad, consubstancial con la Vida universal. Cuando el Rayo de la Unidad primordial se refracta al pasar por el prisma de la materia, aparece la diversidad inagotable del mundo de las formas. Entre la unidad esencial de la vida y la variación externa de las formas, está el mundo de la conciencia, que participa simultáneamente de ambas cualidades. La conciencia personal y periférica se expresa mediante el Principio de Variación, mientras que la conciencia central, el alma, está regida por el principio de Unidad.

 

El deseo y el amor

 

La conciencia fragmentada, incapaz de integrar su diversidad en la unidad básica del alma, se proyectará fatalmente al exterior como conciencia posesiva, siendo el deseo su móvil fundamental para la acción.

     El deseo es la reacción de la conciencia seducida por la diversidad de las formas. A esta seducción de lo formal se le añade la conciencia de las propias carencias. La conciencia posesiva siempre dice: sé que algo me falta, y lo que me falta está fuera de mí, por lo que debo atraparlo. Pero sólo se puede ser consciente de las propias carencias cuando en la conciencia hay zonas obscuras, espacios vacíos, o ausencia de relación entre sus elementos. Cuando la especificidad está superdesarrollada e impide la percepción de la universalidad.

     El deseo, dirigido hacia las personas, los valores o las cosas, los reduce y simplifica fatalmente a su expresión formal. Cuando el deseo toma posesión de su objeto, también lo destruye, tal vez no en su expresión formal, pero sí en lo que ese objeto tenía de sujeto, de subjetividad libre y diversa, que no niega la unidad. Cuando el deseo es el elemento impulsor de las relaciones interpersonales y de la afectividad, queremos al otro porque ese otro llena nuestras carencias, nos hace sentirnos importantes, inteligentes, valiosos, y también deseables. El otro es utilizado, reducido a cosa, a forma, y destruido por tanto en su realidad original como sujeto universal, pero también único y distinto a otros sujetos.

     Normalmente, atribuimos al deseo una cualidad caliente, como pone de manifiesto la expresión ardo en deseos de. Esto podría parecer contradictorio con lo ya dicho acerca de la temperatura de la conciencia, y su virtud de poner en evidencia las profundas simetrías ocultas en la naturaleza humana. Pero se trata sólo de una contradicción aparente, que nace de la incapacidad de distinguir entre dos cualidades diferentes de lo ígneo y lo ardiente.

     Digamos que hay un fuego que quema y destruye. Un fuego que se manifiesta en nuestro psiquismo en la posesividad y apropiación de la forma, ignorando la libertad de la vida que utiliza esa forma. Y hay un fuego que no quema ni destruye, sino que vitaliza, cura, embellece y purifica. El amor es la expresión de este fuego superior, así como el deseo lo es del fuego inferior.

 

Jesús y la samaritana

 

El amor siempre va unido al reconocimiento consciente de la especificidad y la universalidad del otro, en su correcta relación y equilibrio dinámico. Es participación consciente en la universalidad, desde la especificidad de lo particular. El deseo representa la imposible búsqueda de lo universal en el mundo cerrado de lo particular, aislado y separado. En la permanente variabilidad de las formas que oculta la permanente unidad de la vida. El deseo es insaciable por su misma naturaleza. Engendra una sed que se reproduce cíclicamente, y nos hace ir una y otra vez, como la mujer samaritana, a buscar agua al pozo de Jacob, símbolo de la existencia confinada al mundo natural, sujeta a una permanente insatisfacción.

     Pero junto al brocal del pozo de la Ley, espera siempre Jesús, el Cristo, el alma, el máximo exponente de la Ley del Amor. El pozo interior de agua viva oculto en el ser humano, y cuyo alumbramiento nos hace estar permanentemente saciados y rebosantes de esa energía superior, de ese fuego interno, fuego solar por excelencia, pues nace de la fusión y la construcción, y no de la fisión y la destrucción.

     El amor es el fuego superior que afirma la certidumbre de la universalidad de la vida. El amor conoce la Realidad sin perturbarla ni deformarla, pues participa de la esencia última de esa Realidad. El deseo distorsiona la relación entre la conciencia perceptora y el mundo que es percibido. El deseo engendra siempre ansiedad y dependencia del exterior, pues reclama ser satisfecho una y otra vez, sin encontrar nunca verdadera satisfacción. La afirmación contenida en la canción más popular de los Rolling Stones: I can´t get no satisfaction, No puedo obtener satisfacción, es un auténtico resumen de cualquier vida orientada y guiada por el deseo, pero también es un grito en demanda de algo que lo supere sin empobrecer la vida.

     La demanda de satisfacción integral existe en el ser humano porque lo que puede satisface su demanda tiene existencia, no fuera de él, sino en su interior. En el santuario de su conciencia, el lugar de poder que sólo él puede ocupar. El grito de insatisfacción de los Rolling tiene adecuada réplica en otra canción, esta vez de los Beatles: All you need is love. Todo lo que necesitas es amor. El amor es la necesidad más radical de los seres humanos. Es el único alimento auténticamente vital, cuya ausencia determina la peor de las enfermedades carenciales posibles: la degradación de lo humano, la pérdida del sentido y la razón de su existencia.

     Entre el deseo y el amor se sitúa un tercer elemento, una actitud de la conciencia que actúa de enlace entre ambos, y que llamaremos aspiración. La noción intuitiva que tenemos de la aspiración es un movimiento de la sensibilidad hacia un mundo de experiencias y valores, considerado intrínsecamente superior al mundo que ya conocemos, generador permanente de insatisfacción. Un mundo que se ha vuelto mortecino y anodino por el uso y abuso de una vida sin aspiraciones. La superioridad de ese otro mundo de valores radica en su mayor cualidad vital, en su luminosidad más clara y limpia, en su capacidad para hacernos saborear la vida con más intensidad y comprensión.

     Pero aquello a lo que aspiramos no es una meta inerte y distante, carente de vida propia, sino algo poderosamente vivo. Siempre llega un momento en el que somos inspirados, atraídos y absorbidos, por aquello a lo que aspiramos. Esto ocurre cuando el movimiento ascendente de la sensibilidad, provocado por la aspiración, nos hace penetrar en el campo de gravedad de la Idea objeto de nuestra aspiración. Entonces experimentamos la intensa realidad de lo que nos ha estado atrayendo hacia sí, mientras cultivábamos la aspiración, el deseo purificado, reorientado y alquimizado.

     La Idea y el Ideal del Amor es una aspiración que aparece, antes o después, en la sensibilidad del que ha deseado muchas veces, y muchas veces ha satisfecho su deseo, quedando siempre vacío de algo que es imposible encontrar en el mundo exterior, porque no existe en ese mundo.

     Las palabras de Jesús dirigidas a la samaritana: Si bebes de esta agua que yo te doy, ya nunca más tendrás sed, pueden despertar la fuerza aspirante que nos conduce al campo de gravedad del alma, el ángel y el mensajero de la presencia, la depositaria de la suprema energía del amor, la superfuerza o campo unificado del universo de la conciencia.

     Abandonamos el planeta del deseo, y en alas de la aspiración llegamos a la estrella del amor, para reconocer que ella es el verdadero hogar del alma, el ángel solar, el mensajero de la luz y de la vida.

     Los devotos de Krishna le caracterizan como el Gran Fascinador, y todo su afán es ser absorbidos en su conciencia en el momento de abandonar la envoltura material del alma. A su vez, Jesús afirma: Si yo fuera ascendido, atraería a todos hacia mí. Jesús, la perfecta personificación del alma, es el Gran Atractor, idéntico en su valor arquetípico al Gran Fascinador hindú.

     Sin embargo, el proceso por el que nos identificamos con lo que nos fascina y atrae, no se alcanza por la vía devocional ni por la vía mística, aunque lo devocional y lo místico sean etapas ineludibles en el proceso de desvelar lo Real, e identificarse con lo que está siendo desvelado. Ambas etapas deben ser integradas y superadas en la comprensión lúcida de lo trascendente, en la capacidad adquirida de ver la Luz sin que su resplandor nos deslumbre o nos ciegue, pues el ojo que ve esa Luz es similar a ella en potencia e intensidad. Ese ojo es el órgano de la visión del alma, la visión intuitiva que conoce y comprende todo lo que ve.

 

Ir al capítulo  9 

Ir al Índice

Escribir un nuevo comentario: (Haz clic aquí)

123miweb.es
Caracteres restantes: 160
Aceptar Enviando...
Ver todos los comentarios

Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

...
04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

...
15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

...
02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

...