La voz del alma

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Las tres vestiduras del alma

 

El espacio del alma

 

Tres puertas, una de tierra, otra de agua y otra de fuego, nos separan del aire limpio, radiante y vital en el que nuestra conciencia trascendente vuela como un pájaro en libertad. El alma habla un lenguaje inteligible para todos los seres, el lenguaje de las aves, en el que la vibración, la luz, el sonido, el color y la forma se dan la mano armoniosamente. Este lenguaje expresa lo inefable porque está construido con la sustancia del misterio, de lo que los ojos no ven, ni las manos pueden tocar, ni la razón atrapar. El lenguaje de las aves es el logos, el verbo, la palabra creadora. Es como una reverberación, siempre viva y activa, del Fiat que presidió el origen de los mundos, el supremo gesto de asentimiento que inició el espacio, el tiempo y el devenir.

     Hay una palabra que hasta ahora no hemos utilizado expresamente, pero cuya sombra se ha proyectado en buena parte de lo que ya llevamos dicho. La palabra alma.

     El término alma ha desaparecido del vocabulario científico académico, y ha quedado relegado al campo de la poesía, de la literatura, o del estudio crítico de la historia de las religiones, y de la historia de la filosofía y la psicología. Pero si indagamos en la raíz de la palabra psicología, encontramos que, literalmente, quiere decir el sonido o la palabra del alma, uno de cuyos símbolos es el lenguaje de las aves, mediante el cual los ángeles, los hombres y los elementos pueden entrar en mutua relación y comunicación.

     Cada palabra ocupa un espacio en el que únicamente a través de ella podemos entrar. Las palabras también son puertas que pueden permanecer cerradas o entreabiertas durante largo tiempo, impidiéndonos alcanzar un mayor nivel de comprensión, una percepción más panorámica y global.

     Abramos de par en par las puertas del alma, y penetremos en ese santuario brillante sin temor y con los ojos abiertos

     El alma es la conciencia trascendente, transpersonal y participativa. El Yo Real en el centro. Nuestra subjetividad permanente, pero también misteriosamente dinámica y viva. El punto central que irradia luz, y que también es la fuente inextinguible de esa luz, porque participa en plenitud del océano de Luz y Vida que es omnipresente y omnisciente.

     El sonido y la voz del alma no son otros que esa voz de la conciencia tantas veces trivializada, que continuamente está emitiendo el mensaje trascendental que contiene el sentido de nuestra vida y la razón de ser de nuestra existencia. La voz del alma trata en todo momento de hacerse presente en nuestra conciencia mental periférica y personal, la conciencia anclada en el cerebro y el sistema nervioso central, pero diferente de ellos, pues la conciencia no es la resultante final de la actividad nerviosa y neuronal.

     Nada existe en el Universo que no sea expresión de la energía omnipresente en una u otra de sus múltiples manifestaciones. El espectro de esta energía universal es un continuum sin saltos ni zonas obscuras, como es el espectro de la luz desde el color rojo hasta el violeta.

 

El cuerpo humano

 

El alma es la fuente de la energía radiante y luminosa, mientras que el cerebro es su final estación receptora. Sin embargo, en la práctica habitual de nuestra vida diaria esto no es así. El cerebro es el elemento indispensable para que se manifieste lo que llamados conciencia de vigilia, el estado de conciencia en el que nos encontramos cuando estamos sensorialmente despiertos, o mentalmente despiertos, algo bien diferente de estar espiritualmente despiertos.

     La razón por la cual no existe continuidad entre la conciencia del alma y la conciencia cerebral, radica en que entre ambas existen interpuestos tres campos de fuerza, que actúan a modo de pantalla, interrumpiendo temporalmente la continuidad entre la conciencia-fuente, el alma, y la conciencia receptora de ese influjo oculto, la conciencia mental periférica basada en el cerebro, pero no engendrada por él. Esos tres campos de fuerza constituyen la máscara que temporalmente oculta y silencia la luz y el sonido del punto central de energía, el alma.

     Utilizamos la palabra fuerza para designar estas tres pantallas o vestiduras del alma, y poner así de manifiesto su cualidad esencialmente dinámica. Hablaremos entonces de la fuerza vital, la fuerza emocional y la fuerza mental. Las tres utilizan esa expresión más densa de la energía que llamamos materia, el cuerpo físico objetivo y tangible, que tiene en el sistema nervioso, circulatorio y endocrino sus tres grandes redes de integración y correlación.

     Estos campos de fuerza no son entes abstractos y amorfos, sino que tienen forma, y de hecho son los aspectos sutiles y no perceptibles sensorialmente del verdadero e íntegro cuerpo humano. Hablaremos, por lo tanto, del cuerpo vital, del cuerpo emocional, y del cuerpo mental, o la mente, como los aspectos ocultos del cuerpo humano, que se expresan mediante el cuerpo físico material, el único aspecto de ese cuerpo que podemos ver y tocar.

     Estos cuerpos o campos de fuerza no están desconectados ni separados entre sí, desde el punto de vista de la continuidad presente en las tres manifestaciones más densas de la sustancia-energía universal, la física, la emocional y la mental. Sin embargo, sí que aparecen desconectados, y hasta enfrentados, desde el ángulo de la conciencia personal, en la que el pensamiento, el sentimiento y la acción se asemejan en ocasiones a tres vibraciones que interfieren entre sí destructivamente, generando un acorde inarmónico, contradicción, desgaste de energías, agotamiento, desvitalización, enfermedad y muerte.

     Hablando con rigor, únicamente podemos decir que existe un yo personal estructurado y formado cuando las fuerzas de la razón, del sentimiento y de la vitalidad física son capaces de actuar y relacionarse entre sí con un mínimo de congruencia. Hasta que esto no ocurra de manera más o menos habitual, tendremos solamente un proyecto de personalidad. La madurez del yo personal no va unida necesariamente a la madurez fisiológica que alcanza el cuerpo físico a una determinada edad. La conciencia separativa y posesiva que caracteriza al seudo-yo personal, es signo manifiesto de inmadurez mental y emocional, de un desarrollo desigual, insuficiente y desordenado, de las correspondientes fuerzas del sentimiento y el pensamiento.

     Durante el proceso de desarrollo y formación de la personalidad, el alma poco puede hacer con su mecanismo de expresión en el mundo físico que percibimos con nuestros sentidos externos, e interpretamos con la mente, el sexto sentido o sentido interno. El punto central de energía que hemos llamado alma mantiene coherentemente unidos y conectados a estos tres campos de fuerza, insuflándoles el soplo de la vida sin cesar, de manera análoga a como el corazón, otro símbolo para el alma, distribuye sin cesar la sangre oxigenada a todo el organismo mientras dure el tiempo de la vida física.

     El alma es la fuente de la vida y de la conciencia de su máscara personal. Como fuente de vida tiene un punto de anclaje en el corazón. Como fuente de la conciencia tiene un punto de anclaje en el cerebro. La capacidad de llevar una vida consciente es la cualidad fundamental del ser humano.

 

No hay materia inerte

 

Tal vez, uno de los errores de base que aun lastran el desarrollo de la ciencia positiva sea la distinción entre materia inerte y materia viva, sustancia orgánica e inorgánica. Para reconocer que todo está vivo, y que no hay absolutamente nada que esté al margen y no participe de la vida universal, bastaría hacer algo así como un cambio de coordenadas, una redefinición de lo vivo menos restrictiva y más universal que la que reconoce la ciencia.

     Admitamos que la cualidad primaria e irreductible de la vida y de lo vivo es la energía y el movimiento. Si en el Universo natural no hay nada que no sea una forma u otra de expresión de la energía omnipresente, y ninguna energía estática, inmóvil o aislada, no hay nada en ese Universo que esté radicalmente muerto, que sea sustancia inerte o inanimada, es decir, sin ánima o alma, pues todo lo existente está dotado de vida, y tiene una forma de alma que le es propia y natural. La gran Danza de Shiva del hinduismo es la expresión simbólica de esta sinfonía cósmica de la vida omnipresente.

     Pero hemos admitido también que el psiquismo es otra forma de energía, y por lo tanto, algo que no es estático ni inmóvil. Existe un campo psíquico conectado con la vida de los seres convencionalmente vivos, pero también en relación a las cosas consideradas inertes. Y lo mismo puede decirse de las distintas interacciones conocidas por la ciencia, así como de la vivencia específica de los entes que pueblan el enigmático universo cuántico.

     La continuidad de la energía viviente no excluye que en su seno se dé una organización jerárquica, pues sabemos que también en el cuerpo existen órganos vitales e imprescindibles para la expresión consciente de la vida, y otros que son subsidiarios y dependientes de los primeros. La interdependencia mutua y la dependencia jerarquizada cooperan simbióticamente en todo organismo sano, un organismo en el que sus energías inherentes están correctamente organizadas.

     La salud integral apuesta decididamente por la cooperación y coordinación de las vidas individuales, y la subordinación unánime de todas ellas a la Vida general que circula sin impedimento por todo su Campo de expresión, en el que ellas viven.

     Si consideramos ahora al ser humano y su salud integral, podemos decir que las fuerzas de la inteligencia razonadora, de la sensibilidad emocional, y de la vitalidad física están llamadas a establecer entre ellas relaciones de coordinación, para posteriormente subordinarse, como campo unificado de fuerzas psico-físicas, a la energía jerárquica del alma.

     Pero ¿quién las llama?

 

La voz del alma

 

Se habla a veces de la vocación como una llamada para orientar nuestra vida hacia un camino determinado, en el que adivinamos o presentimos una realización más plena e intensa de nuestras capacidades. La vocación es una voz que irrumpe en la conciencia impregnada de sentido, como un haz de luz que alumbra el espacio que nos rodea, dejando al descubierto una senda que hemos de recorrer, porque sabemos que en esa senda degustaremos, quizá por primera vez, el auténtico sabor de nuestra identidad, el sabor de la libertad.

     Esa voz interior no es un sonido tranquilizador que nos hace estar blandamente relajados, o bondadosamente inertes y pasivos. Es más bien una enérgica sacudida que puede hacer tambalear y caer la artificiosa y endeble morada en la que hasta entonces habíamos residido, entre la inseguridad, el temor, y nuestra colección particular de ilusiones consoladoras impartiendo falsos sentidos al diario vivir.

     La vocación de la que aquí hablamos es un impulso irresistible para emprender un viaje sin retorno. Un viaje en el que recuperaremos para siempre todo lo que una vez creímos perder después de haberlo poseído. Es un viaje en libertad y hacia la libertad. La recuperación de lo falsamente perdido es permanente porque se basa en la participación generosa, y no en la mezquina retención egoísta de lo que nos causaba satisfacción, o prolongaba nuestro poder y dominio sobre las personas y las cosas.

     El alma llama a su personalidad o máscara terrenal para que esta emprenda el trabajo de alinear y coordinar las tres fuerzas que la constituyen. Pero el alma no impone su llamada ni hace de su fuerza irradiante un ejército invasor y conquistador. El alma es libre, y no puede violentar su misma ley de existencia, por eso su llamada golpea a la puerta de la casa de la personalidad, pero no la derriba. El alma nunca allana la morada de lo que por otra parte es creación suya. Espera con inagotable paciencia y perseverancia a que el morador de la casa decida libremente abrir la puerta por propia voluntad.

     Pero una vez que la puerta ha sido abierta desde dentro, el alma penetra en el interior como un viento impetuoso que destruye todo lo que no puede responder a su llamada ni ponerse en camino hacia ella. La destrucción que practica el alma es renovadora y transformadora. Nunca es una aniquilación en el desorden, sino una demolición de lo que ha sido construido siguiendo planos defectuosos, para volver a construir según un orden más elevado y armónico.

     Nadie como el poeta y dramaturgo Lope de Vega (1562-1635), supo expresar en el soneto que sigue, en clave lírica y mística, ese momento decisivo en la historia personal de todos los seres humanos, cuando el alma, el ángel o mensajero de la divina presencia interior, se hace presente.

    El alma representa la conciencia periférica, sumida en la somnolencia espiritual, que recibe la llamada del Alma, de Jesús. El ángel o mensajero, es el agente intermediario entre ambas

 

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío

Que a mi puerta, cubierto de rocío,

Pasas las noches del invierno oscuras?

 

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío

Si de mi ingratitud el hielo frío

Secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el ángel me decía:

Alma, asómate ahora a la ventana,

Verás con cuánto amor llamar porfía!

 

¡Y cuántas, hermosura soberana:

Mañana le abriremos, respondía

Para lo mismo responder mañana!

 

El Canon de vida del alma

 

El alma presenta a la personalidad su Canon de vida, basado en el Bien, la Belleza y la Verdad. La personalidad establece las condiciones que limitan o impiden que lo bueno, lo bello y lo verdadero encuentren cauces de expresión a través de las fuerzas de la razón, del sentimiento y la vitalidad.

     Pero ¿Qué es la Verdad? ¿Existe una Verdad de validez universal? Estas son preguntas para las que sólo el alma tiene respuestas adecuadas. Desde luego, podemos afirmar que la Verdad no puede ser estática, fija o definitiva. Ninguna captación de lo verdadero hace inútil o innecesario continuar en la búsqueda de la Verdad. La Verdad es una vocación, como también lo son la Belleza, el Bien, el Amor o la Libertad. Estas grandes palabras van necesariamente unidas a un camino, un viaje y un viajero fundidos en un mismo gesto.

     Las verdades nunca pueden ser excluyentes o incompatibles entre sí. Todas están relacionadas y vinculadas. Y esta relación entre los diferentes aspectos de la verdad está hecha también de sustancia verdadera. Las partículas mensajeras de lo verdadero son de la misma naturaleza de quien envía y recibe el mensaje. Verdad, Amor, Belleza, Bondad y Libertad son palabras-misterio en las que no podemos entrar a medias o intentando defender nuestra falsa identidad. Son palabras que nos invitan a sumergirnos en el misterio que representan, para que la dimensión misteriosa de nuestro ser nos haga navegar y bucear en ese océano, en un permanente diálogo que lleva sucesivamente al conocimiento y la sabiduría.

     Si el alma crea a la personalidad y no a la inversa, en la conciencia personal, posesiva e ilusoriamente separada, estará para siempre un latente germen de conciencia unificada y trascendente. El yo personal transporta esa joya oculta como la ostra lleva la perla en su interior. Este germen de conciencia trascendente es la garantía de que la personalidad siempre pueda responder al llamado del alma. Pero hay algo más, y aquí entramos de nuevo en el terreno de lo misterioso. El germen del alma en la personalidad otorga a esta la cualidad, también germinal, del libre albedrío, que puede ejercer a voluntad. La personalidad no es una marioneta movida por los hilos que maneja el alma, sino que es un ser que piensa, siente y actúa con criterio propio, o personal.

     El criterio del yo personal puede responder o no al Canon presentado por el alma, su propio criterio. Si no responde, tendremos una personalidad ciega y sorda a la luz y al sonido del alma, viviendo desde una conciencia refleja e ilusoria, pero pudiendo alcanzar un elevado grado de cohesión interna. Las fuerzas de la razón, del sentimiento y de la vitalidad están coordinadas entre sí, pero no están subordinadas a la energía canónica del alma. Las personalidades que viven de espaldas a su fuente de origen se caracterizan por el orgullo, la intolerancia, la altanería, el intenso egocentrismo, el despliegue de su poder para fascinar, seducir, dominar, poseer, retener lo poseído y buscar nuevas fuentes de aprovisionamiento.

     Los actos de la personalidad integrada con el alma son siempre actos congruentes, en el sentido de que el pensar, el sentir y el actuar están coordinados. Pero además son actos justos, pues están subordinados siempre al criterio espiritual del alma. Sólo el germen de conciencia trascendente y central que está presente en la conciencia mental periférica, puede fermentar la masa psíquica de esa conciencia, y hacer que despierte a su fuente de procedencia. El Cantar de los Cantares (5, 2) lo expresa de una forma bella, profunda y sencilla:

 

Yo dormía

Pero mi corazón velaba

 

Las fuerzas vitales y la continuidad mente-cuerpo

 

Entre lo estrictamente psíquico, lo racional y lo afectivo, y lo estrictamente físico, el cuerpo material objetivo y tangible, se encuentra el eslabón que hemos denominado fuerzas vitales. Es radicalmente imposible dar una explicación satisfactoria al viejo problema filosófico y científico del dualismo mente-cuerpo, si no admitimos que el psiquismo es una forma de energía capaz de actuar sobre el cerebro a través de un campo de fuerzas interpuesto, a modo de interfaz entre lo físico y lo psíquico. La naturaleza de ese campo está aludida en la expresión fuerzas vitales, organizadas de tal manera que constituyen el verdadero cuerpo físico sustancial, el andamiaje que sostiene y energiza al cuerpo material objetivo y sensorialmente perceptible.

     Las fuerzas vitales son sensibles por un lado a las actividades psíquicas inducidas por la conciencia perceptora, mientras que por otro lado pueden actuar sobre la compleja estructura neurológica del cerebro, dando lugar al conjunto de actividades bioeléctricas y biomagnéticas que lo caracterizan. Pero las fuerzas vitales no son propiedad exclusiva de los seres vivos, pues hemos aceptado como una premisa de partida que todo está vivo, aunque las formas minerales, vegetales, animales y humanas estén organizadas según niveles y patrones de complejidad muy diferentes.

     Las fuerzas vitales tienen la propiedad de organizar y estructurar la materia para construir formas adaptadas a las fuerzas psíquicas a las que son receptivas, y que a su vez las organizan a ellas mismas. Estas fuerzas actúan tanto para formar un diamante, como un árbol, un caballo o un ser humano. Igualmente están presentes, en su expresión más elevada, en la aparición de las diferentes Formas cósmicas que pueblan el Espacio infinito y multidimensional, como puedan ser planetas, estrellas o galaxias. En todos los casos se cumple que la entidad que las impulsa y gobierna es siempre una entidad viviente y consciente, llevada a expresarse por un propósito específico que ella conoce, y que trata de cumplir.

     Existe un propósito, para nosotros aun misterioso, en la expresión global de la vida mineral, vegetal y animal con las que compartimos el planeta. Existe también un propósito que lleva al alma a manifestarse a través de una personalidad concreta, para la cual ese propósito es también un misterio indescifrable, mientras su vida no esté acompasada con los latidos del alma, el corazón vivo que preside el centro luminoso de nuestra conciencia.

     Todas las formas existentes son expresiones de vidas conscientes e inteligentes, que trabajan para realizar, cada una en su particular campo de expresión, su propio y específico propósito. Para ello, adoptaron una forma o cuerpo adaptado a los requerimientos de la vida interna que la utiliza.

     La forma humana tiene un aspecto visible y tangible, el cuerpo físico más denso. Y otro oculto y no perceptible mediante la sensorialidad externa, pero cuyas actividades psíquicas son registradas por el sentido interno de la mente, el aspecto más elevado del cuerpo humano. En el simbólico centro de esa estructura de fuerzas interconectadas, y otorgándolas coherencia y vitalidad, hay un punto de energía irradiante. A ese punto central le llamamos alma.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

...
04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

...
15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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