La voz del alma

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La conciencia central y periférica

 

Una reflexión sobre lo trascendente

 

Hay un sabor psicológico para la unión y otro para la separación, no menos definidos que los sabores amargo y dulce. Admitamos que hay un hecho que pertenece a la experiencia de muchos seres humanos: la evidencia irrenunciable de ese instante de comprensión amorosa o de lucidez intelectual. De expansión generosa de la sensibilidad hasta sabernos uno con todos los seres. De captación racional del orden y la inteligencia que subyace en los procesos de la Naturaleza y del Universo. De comprensión de que la razón puede ser trascendida en la intuición, sin que por ello pierda nada de su valor instrumental. De percepción de la belleza y armonía en los seres y en las obras que han salido de sus manos, de su voz o su cuerpo. De participación en cualquier esfuerzo colectivo que acrecienta la libertad, la dignidad y la convivencia plural y enriquecedora.

     Admitamos que palabras como trascendente o espiritual pueden ser pronunciadas con la misma pureza, espontaneidad y sencillez con que pronunciamos palabras como flor, árbol, río, nube, beso, viento, caricia, hierba, risa o llanto.

     Admitamos que lo trascendente es aquello que trasciende, es decir, aquello que nos permite traspasar los límites establecidos, e inaugurar nuevas rutas para la exploración, la aventura y el conocimiento. Lo que nos descubre territorios hasta entonces incógnitos dentro y fuera de nosotros. Lo que rompe cadenas y derriba muros. Lo que pone en evidencia lo permanente, la dinámica armonía que subyace en el aparente casos y sinsentido del devenir

     Admitamos que hay un núcleo trascendente en la conciencia humana. Un núcleo no dividido, no compartimentado, no fracturado ni escindido. Un núcleo que es la sede de nuestro Yo verdadero y real, el único capacitado para reinar con sabiduría y justicia en nuestro país personal. Esta conciencia nuclear es indivisible. Es, literalmente, una conciencia atómica, aunque conserve en su seno toda multiplicidad, variedad y riqueza imaginables.

     A esta conciencia íntegra y sin fisuras la hemos llamado anteriormente individuo o individualidad, en virtud de una elemental coherencia semántica. También la hemos caracterizado como conciencia participativa, pues nada hay en ella que la mueva a poseer, retener, imponer o dominar. Podríamos llamarla también conciencia transparente, luminosa, incluyente, hasta agotar todos los adjetivos que la tengan a ella como denominador común.

     No es, sin embargo, multiplicando las referencias y comparaciones como podemos conocerla. Ese estado de conciencia, que es supra-conciencia con relación a nuestros estados habituales, se experimenta o se desconoce. Como el sabor de las cerezas, es incomunicable mediante la palabra escrita o hablada, a menos que quienes se comunican la hayan probado y saboreado. Entonces no hay duda posible, sabemos de lo que hablamos aunque aun no participemos plenamente de ello. Sin embargo, no deberíamos llevar demasiado lejos la incomunicabilidad de esta experiencia esencial y unificadora a quienes no han pasado por ella, pues si así lo hiciéramos estaríamos contradiciendo nuestra afirmación básica varias veces repetida: No hay separación real entre los seres. Si esto es cierto de una forma no trivial ni retórica, está permanentemente garantizada la comunicabilidad de lo inefable, de lo que es irreductible a la fábula, al habla, a la palabra y a la escritura.

     ¿Podemos hablar y escribir honestamente de lo inefable? En un sentido unilateral y apegado a la letra muerta, no. Pero sí podemos hacer con limpieza el gesto equivalente a tomar una cereza y ofrecerla a nuestro acompañante o interlocutor como una propuesta para ampliar el campo de juego en común, como una cita en un nivel superior más incluyente y luminoso, como un gesto amoroso y una invitación a participar en una mayor abundancia de vida.

     Intentaremos realizar esta ofrenda con la sencilla solemnidad ritual de la ceremonia del té, pero también con la fresca espontaneidad del abrazo al amigo, o del beso al amado o la amada.

 

El centro y la periferia de la conciencia

 

Normalmente nos consideramos el centro de nuestro microcosmos, aun después de que Copérnico expulsara mentalmente a la Tierra de ese punto de referencia destacado. Sin embargo, no hay por qué echar por la borda el símbolo del centro simplemente porque estemos haciendo una trasposición errónea del mismo en nuestra vida diaria, pues es un símbolo que está lleno de significados sumamente esclarecedores. Podemos incluso prolongarlo con la ayuda de la Astronomía más elemental.

     El centro de nuestro universo más inmediato, ese átomo de espacio galáctico que llamamos sistema solar, es un astro luminoso que irradia energía suficiente para impulsar, sostener y renovar los procesos de la vida en nuestro pequeño planeta. La luz, la energía y la fuente de la vida están en el centro. El campo donde ellas se expresan y manifiestan está en la periferia. Si colocamos en el centro un astro que no es luminoso ni irradiante como una estrella, la periferia estará fría, oscura, vacía de conciencia y de vida en evolución. Hemos encontrado aquí otros dos adjetivos para caracterizar a la conciencia trascendente, conciencia estelar y conciencia irradiante. En el centro de nuestro espacio mental hay una estrella o un Sol que brilla, irradia, calienta y vitaliza permanentemente. En la periferia hay un planeta que no tiene luz propia, pero que experimenta la alternancia del día y de la noche, de la vigilia y el sueño, del nacimiento y la muerte.

     La conciencia personal es la conciencia periférica que cubre y enmascara a la conciencia individual o central. La conciencia personal o periférica es el escenario del devenir incesante de nuestros estados de ánimo, emociones, deseos, sentimientos, opiniones, creencias. Es el campo experimental en el que continuamente ponemos a prueba nuestra capacidad para pensar, sentir y actuar como seres estrella, luminosos y vivos.

     Entre la conciencia trascendente o REAL, con mayúsculas, y la conciencia personal, oscila como un péndulo nuestra conciencia real, con minúsculas, o conciencia actual, la conciencia apegada al momento que siempre está siendo, pero que nunca es.

     En todo momento, la calidad o la frecuencia vibratoria de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, están situando de hecho al yo que se expresa aquí y ahora en algún lugar entre el centro y la periferia. Cuando ese yo ignora al centro o vive de espaldas a él, tenemos un yo ficticio y fragmentado que puede, no obstante, caer en la ilusión y el espejismo de creerse que él es todo el yo, el único yo, el yo en el centro. Este yo separado no distingue entre lo que somos y lo que nos pasa.

 

El Yo es el observador de lo que nos pasa

 

El lenguaje expresa admirablemente la cualidad psicológica de lo impermanente. Algo que pasa es algo que aparece por el horizonte, se acerca, pasa a nuestro lado, se aleja, y finalmente desaparece. Las cosas que nos pasan están afectadas por el mismo proceso. Son estados de ánimo, opiniones, emociones o deseos que emergen por el horizonte de la conciencia para luego desaparecer tras él. Son vivencias que vienen y van, que pasan en un sentido literal.

     Lo que somos no es lo que nos pasa. Precisamente, tenemos la noción directa y evidente de que nos están pasando cosas, o que estamos pasando por tal o cual experiencia, porque existe algo en nuestra conciencia que no pasa nunca, y puede ser, por consiguiente, el observador permanente de las cosas que pasan a su alrededor.

   El conflicto surge cuando el observador permanente no se conoce a sí mismo como tal, y cae en la ilusión de creer que él es lo que está pasando, esas vivencias emocionales o intelectuales que son las respuestas a los impactos externos, pero que no son portadoras de la identidad individual.

     Ese núcleo de la conciencia que nunca pasa es el Yo permanente, quien verdaderamente somos, y el único que puede saber lo que nos pasa.

     Lo permanente es la cualidad opuesta a lo pasajero. A lo largo de nuestra vida hay muchas experiencias y vivencias que, con el paso del tiempo, no dudamos en calificar de pasajeras. Fueron experiencias que en su momento nos causaron felicidad o sufrimiento, placer o dolor, pero que pasaron por nosotros como pasan las nubes por el cielo cuando el viento las arrastra.

     Pero esa misma perspectiva temporal nos hace reconocer las huellas permanentes dejadas por todas las vivencias pasajeras. En ellas reconocemos algo que habla de nuestra identidad, de lo que somos, de lo que permanece misteriosamente inalterable, aunque no estático ni inmóvil, sino en proceso dinámico de manifestación.

     El descubrimiento de lo permanente que hay en nosotros es el descubrimiento de nuestro Ser Real, del núcleo trascendente de la conciencia. Trascender es una cualidad análoga a la de permanecer. Intrascendencia equivale a impermanencia, a inconsistencia, a incapacidad para perdurar y persistir en la propia identidad, porque esa supuesta identidad no es congruente con la verdadera Identidad.

     En nuestro espacio mental consciente hay una región que podríamos calificar de intrascendente y pasajera, tomando esas palabras en sus significados literales ya comentados. Pero esa región periférica de nuestro espacio mental, o subjetividad, es importante y necesaria pues gracias a ella el observador interno puede reconocer y recuperar su identidad a fuerza de sufrir los desengaños y decepciones que inevitablemente acarrea la identificación ilusoria con lo que es pasajero e intrascendente.

     A medida que ese proceso de recuperación de la propia identidad progresa, el espacio mental se convierte en un magnífico laboratorio en el que el Yo que permanece puede trabajar con los materiales que le proporciona la existencia diaria para seguir avanzando en la tarea más importante que todo ser humano tiene por delante: el conocimiento de sí mismo. El Yo que permanece se encuentra en permanente estado de observación influyente respecto del yo cambiante y transitorio.

     La conciencia central es el observador silencioso que percibe la periferia, pero que no se confunde con lo percibido ni con el instrumento de percepción. Es el conocedor, pero no lo conocido ni el campo del conocimiento. El conocedor es siempre más grande que aquello que va conociendo progresivamente. A su vez, el campo del conocimiento actual es tan sólo un aspecto de un Campo más vasto, al que el conocedor tendrá acceso si asimila adecuadamente lo que está conociendo. Cuando sabemos lo que conocemos, se abren nuevos y vastos campos para el conocimiento.

     Nos identificamos con lo que conocemos cuando nos adherimos a una interpretación del mundo y echamos raíces en ella. De esa manera abdicamos de nuestra soberanía y libertad interior. El verdadero conocedor es un eterno peregrino que no conoce el cansancio ni la ansiedad, porque siempre está donde quiere llegar y siempre llega adonde quiere estar.

     La genuina experiencia trascendente tiene la virtud de extinguir las erróneas orientaciones de la conciencia, pero no puede extinguir su núcleo trascendente, puesto que la conciencia es inextinguible. La experiencia lúcida de lo trascendente es diferente de la experiencia mística, en la que con frecuencia la exaltada sensibilidad emocional no puede reconocer la presencia interna del objeto de su devoción.

     La experiencia trascendente restituye una saludable relación entre lo natural y lo sobrenatural, entre el cielo y la tierra. Reconoce el carácter ilusorio de toda separación, pero asume su papel dentro de la gran cadena de recepción-transmisión de la energía universal, que no reconoce brechas ni abismos insalvables entre el espíritu y la materia. La experiencia trascendente reconoce la existencia de una relación simbiótica entre la conciencia grupal y la conciencia individual, pues una es inseparable de la otra, y ambas se sostienen y se fortalecen sin anularse.

     Participar de la conciencia grupal significa percibir la vida interna que oculta cada forma, ya sea mineral, vegetal, animal o humana, y conocer el grado exacto de expresión consciente de esa vida, así como el propósito inmediato en el que está trabajando. Significa discernir que toda expresión de vida y de conciencia a través de una forma es temporalmente imperfecta, pero que está también permanentemente encaminada al logro sucesivo de perfecciones relativas, que causan la apertura de nuevos mundos para la percepción, el contacto y la experiencia.

     La participación plena en la conciencia grupal no es un fenómeno súbito y repentino. Empezamos a participar en ese tipo de conciencia cuando percibimos la luz en quienes nos rodean y con quienes nos relacionamos. Y esta percepción solo es posible cuando al mirar al otro miramos a su centro, porque le estamos mirando desde nuestro centro. Finalmente, percibimos también lo que el lenguaje expresa inevitablemente de manera paradójica: Todos los centros son el mismo centro, pero al mismo tiempo cada uno conserva su peculiaridad, su unicidad dentro de la Gran Unidad.

     Mirar al centro del otro significa reconocer su belleza, su bondad y su verdad aun no expresadas en su perfección, ocultas e indestructibles como una joya diamantina por descubrir. Para ello hay que atravesar tres puertas que solo podremos franquear cuando las hayamos descubierto y franqueado en nuestro interior.

 

Los tres umbrales del Yo. El cuerpo

 

Si contamos desde lo externo a lo interno, de la periferia al centro, o de lo más denso a lo más sutil, la primera puerta es la que se oculta en el propio cuerpo, ese maravilloso mecanismo que la evolución biológica ha construido durante varios miles de millones de años.

     La puerta del cuerpo se abre cuando lo cuidamos y tratamos en todo momento como la más valiosa de nuestras herramientas de vida, pero no como un señor al que se rinde culto o vasallaje. Tenemos un cuerpo pero no somos el cuerpo es una afirmación que solo podrá comprenderse después de haberse emancipado de la reacción contraria a la acción agresiva contra el cuerpo, perpetrada en nombre de valores religiosos enfermizamente presentados, o códigos morales erigidos sobre el morboso sentimiento de culpa y de impureza.

     Cuando sabemos, por experiencia viva e integral, y no por exclusivo razonamiento intelectual, o por adhesión irreflexiva a una idea de efectos terapéuticos y consoladores, que nuestro Yo real no nace de las actividades de nuestro cuerpo, no caeremos ya en el error de situar el Yo real del otro en su cuerpo, o en lo que se expresa a través de él. Discerniremos con claridad las dificultades que ese Yo real tiene aun que vencer para manifestar su gloria radiante y su belleza, y esto nos capacitará para ayudarlo en esa importante empresa que nos involucra, pues estamos unidos a él. Al mismo tiempo, nos pondrá en situación de recibir y aceptar cualquier ayuda proveniente de los demás para alumbrar nuestra belleza y esplendor. Ayudar no es suplantar la experiencia del otro, sino expresar la interdependencia en forma amorosa y libre.

 

Los sentimientos

 

La segunda puerta se oculta en el fluido mundo de las emociones, los deseos, la sensibilidad, la afectividad, el sentimiento y, en general, en esa región del psiquismo humano mediante la cual registramos los impactos del mundo externo e interno, y los transformamos en eso que vagamente llamamos estados anímicos.

     En esta segunda estancia, la puerta se abre cuando encontramos el sendero que es similar al estrecho filo de la navaja, el sendero que pasa a través de todos los pares de opuestos entre los que habitualmente oscilamos, en una agotadora y desesperante experiencia de lo impermanente y lo fragmentario. Ese sendero de equilibrio dinámico y progresivo se construye a medida que logramos des-identificarnos de todos nuestros estados de ánimo, agradables o desagradables, mortecinos o vitales, prolongados o efímeros.

     Des-identificarse no es lo mismo que introducir la aridez, la sequedad o la indiferencia distante y altiva en nuestra vida afectiva, sino dejar paso libre a la serenidad, la confianza y la alegría que provienen de una fuente interna e inagotable, y no de una circunstancialmente feliz y afortunada relación con el mundo exterior. Significa encontrar el sentido noble y dinámico de la ataraxia o imperturbabilidad del sabio, que se mantiene firme como una roca en medio del vendaval más furioso, y es a la vez faro y puerto para todos los navegantes. Significa recuperar el sentido de la compasión, y sentir lo mismo que sienten todos los seres, permaneciendo en pie sobre las aguas con las manos extendidas, para sostener y enseñar cómo sostenerse a quienes se debaten en el encrespado oleaje de sentimientos contrapuestos y destructivos.

     Des-identificarse supone también abandonar definitivamente esa torpe distinción y clasificación que hacemos entre quienes me caen bien, me caen mal, o me son indiferentes. Cuando nos liberamos de esas mediocres antojeras, descubrimos y reconocemos con gran claridad nuestras afinidades inmediatas con los demás, más la evidencia indudable de que allí donde esas afinidades parecen no existir, sí existe en cambio un terreno aun yermo que espera ser cultivado en común con quienes nos sentimos distantes, pero no separados. Descubrimos que todos los seres tienen una misma finalidad en el logro de la expresión plena y total de la luz que cada uno oculta. Así, el campo de nuestras afinidades se va ampliando, hasta que no excluimos a nadie en nuestra morada particular, dentro de la gran casa común.

     Las palabras de pase para esta segunda puerta son inclusividad, sensibilidad compasiva y universal, relación plena en libertad. Todas ellas nos conducen al misterioso corazón del Amor.

 

Los pensamientos

 

La tercera puerta tiene una cualidad ígnea, así como la anterior tenía una cualidad acuosa, y la primera una cualidad térrea. La puerta que encaramos ahora se oculta entre las parpadeantes luces de la inteligencia y la razón. En la actividad pensante, razonadora, analizadora, discriminadora, organizadora y planificadora que caracteriza la región intelectual de nuestro psiquismo. Para abrir esta puerta es necesario realizar una especie de operación alquímica, consistente en separar el agua del fuego para no tener más la visión nublada ni obstaculizada por la vaporosa cortina de las brumas del espejismo y la ilusión. La separación previa del agua de las emociones del fuego de los pensamientos, es una operación necesaria para proceder luego a una más sabia e íntima fusión entre ambos elementos de la vida mental consciente.

     En otros términos, abrir esta puerta supone empezar a ver las cosas tal y como son en su actual objetividad, y a vernos a nosotros mismos tal y como somos en nuestra actual subjetividad.

     La actual objetividad del mundo exterior, y la actual subjetividad de nuestro mundo interior, sólo son visibles y discernibles para la conciencia trascendente que está en el centro, la que otorga destellos y vislumbres de lo que ella ve a la conciencia periférica, el yo personal, cuando éste decide libre y voluntariamente emprender el camino de retorno a la casa del padre. Pero esta frase no supone abrazar una convencional visión cristiana del mundo y del ser humano, sino que tiene valor universal, y equivale a decir: despertar a la realidad última que somos.

 

Cotidianeidad de lo trascendente

 

Estamos experimentando la subjetividad trascendente, o al menos penetramos en su radio de acción y en su esfera luminosa, en cada esfuerzo consciente que hacemos para ser objetivos en el pensar y el actuar, para no dejarnos engañar por nuestros prejuicios, deseos y expectativas.

     Experimentar lo trascendente es una experiencia mucho más habitual de lo que pudiéramos suponer. La puerta que nos facilita esa experiencia es el compromiso inalterable de ser radicalmente sinceros con nosotros mismos, y no condescender lo más mínimo con ninguna forma de autoengaño o autojustificación. En el santuario de la conciencia hay un lugar de poder que podemos ocupar cuando efectuamos esa operación. Entonces somos capaces de sorprender los múltiples mecanismos que habitualmente utiliza nuestro pequeño yo para hacerse trampas, creérselas, y luego justificarlas.

     Si tratamos de visualizar el esfuerzo para ser objetivos, rigurosos, ecuánimes y justos, notaremos que hay una respuesta de nuestro cuerpo que tiende a enderezar la columna vertebral, a relajar las tensiones, a adoptar una postura que exprese la disponibilidad inmediata para la acción, pero también una firme y tranquila serenidad. Por el contrario, hay un rechazo instintivo a visualizar nuestra intención honesta y decidida para pensar, sentir y actuar con rectitud desde posturas corporales que expresen abandono, pereza, desidia o somnolencia.

     Esta coordinación psico-física no ocurre de manera arbitraria, sino que es el resultado inevitable de haberse producido un alineamiento entre las tres puertas ya mencionadas, de manera que lo interno y lo externo, lo que está arriba y lo que está abajo, entran en directa comunicación, sin intermediarios que falseen o distorsionen los mensajes que circulan por ellas. Al mismo tiempo, también podemos notar que el punto de la conciencia observadora desde el que tratamos de percibir objetivamente, va retirándose desde los ojos hasta algún lugar en el interior de la cabeza y del cráneo, cerca de la glándula pineal en la que Descartes situaba la sede del alma.

     ¿Por qué no admitir la posibilidad de que la subjetividad trascendente tenga su punto de anclaje en el cuerpo, como las distintas funciones de la conciencia parecen también tenerlo?

     La subjetividad trascendente es el amo de los sentidos, y el observador que enfoca su atención a voluntad en el mundo de las formas, o en el mundo de las vidas individuales, pero no separadas, que ellas ocultan. Y estos dos modos de percibir no se anulan ni se interfieren, sino que, por el contrario, restablecen la unidad esencial de todo lo existente, descubriéndonos de paso nuestra forma de participar en el orden y armonía universales, y nuestra responsabilidad para con ellos. Esto significa que nuestra vida no es indiferente dentro del inmenso acontecer universal. Podemos iluminar u oscurecer esa región de lo Infinito que nos ha sido confiada, y que está vitalmente conectada al Todo.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

...
04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

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15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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