La voz del alma

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Los sabores psicológicos

 

La experiencia interior

 

En circunstancias normales, nadie que haya probado una cereza, al menos una vez, dejará de tener en lo sucesivo la evidencia interna del sabor de las cerezas. Sin embargo, si es interrogado acerca de cómo saben las cerezas por alguien que nunca las ha tenido en su boca, ¿cómo podría transmitirle su experiencia personal? En vano construiría una teoría, condimentada con prolijas explicaciones, de la compleja sucesión de fenómenos bioquímicos y fisiológicos asociados al fenómeno psíquico de experimentar el sabor de las cerezas. Parece que el sano y elemental sentido común nos indica que en semejante situación, lo más sensato que podríamos hacer sería facilitarle al otro el acceso a su propia experiencia personal del sabor de las cerezas, ofreciéndole una para ser degustada por él.

     Cada uno de nosotros tiene una experiencia directa e inmediata de su mundo personal. Nuestras emociones, deseos y pensamientos nos provocan un sabor psicológico que no proviene directamente de una experiencia sensorial del mundo exterior, sino de la percepción de ese espacio interno y subjetivo al que aludimos con palabras tales como yo o conciencia.

     Filósofos, psicólogos, neurólogos, científicos de diversas modalidades, y pensadores en general, han investigado desde múltiples perspectivas sobre la naturaleza del psiquismo humano, sobre la realidad e ilusión de la conciencia, sobre sus fundamentos físicos y biológicos, sus modos de funcionamiento y reacción ante los impactos, tanto internos como externos, que la condicionan y configuran. Grande es nuestra deuda de gratitud con todos ellos, pues los pasos hacia delante que ellos dieron han abierto caminos transitables para todo ser humano que trata, a su manera única y personal, de cumplir con el mandato délfico Hombre, conócete a ti mismo.

     Sin embargo, nuestro interés y nuestro móvil no es la investigación académica y ortodoxamente científica, aunque en modo alguno dejemos de lado la actitud investigadora y observadora que ha de estar presente en todo quehacer científico serio y honesto. Nuestra referencia permanente será la experiencia personal, el sabor de las cerezas, y la posibilidad inextinguible de establecer relaciones interpersonales, el ofrecimiento de la cereza, capaces de generar acuerdos de validez universal acerca de esa gran cuestión nuclear que podemos llamar, sin grandilocuencia, el sentido de la vida y de la existencia.

 

La no separatividad

 

Nada hay tan nefasto y peligroso como hablar de lo universal en términos estáticos. La inmovilidad y el estatismo son algo más que cualidades que atribuimos a determinadas actitudes mentales o sociales. En un sentido a la vez natural y radical, constituyen sencillamente una irrealidad. Nada hay inmóvil o estático en la Naturaleza, desde el corazón del átomo hasta la misteriosa expansión del espacio mismo, arrastrando a soles y galaxias en esa inconcebible danza cósmica.

     No existe separación real entre los seres, sino distintos niveles de participación en lo universal, y diferentes grados en que esa participación es percibida. Para ponernos de acuerdo sobre cualquier cuestión, necesitamos participar de algo que nos es común, y que al mismo tiempo nos trasciende de alguna manera. Dos personas que se convierten en socios para explotar un negocio, han llegado evidentemente a establecer una forma de acuerdo comercial. Y ese acuerdo ha sido posible porque ambos participaban de un criterio similar de rentabilidad y eficacia. Donde no hay participación en lo común, no solamente no hay acuerdo, sino que no hay vida, ni evolución ni conciencia.

     Sabemos que todos los fenómenos físicos pueden ser explicados como distintas manifestaciones de cuatro fuerzas fundamentales. Por un lado tenemos la gravedad y el electromagnetismo, caracterizadas ambas por su alcance teóricamente infinito. Por otro, las llamadas fuerzas fuerte y débil, de alcance infinitesimal.

     Sabemos que un mismo código genético rige todos los procesos de la vida biológica, desde la elemental ameba hasta el complejo mamífero bípedo autodenominado Homo sapiens sapiens.

     Sabemos que todas las formas de vida respiran en una misma atmósfera y se bañan en la misma energía solar, aunque cada una participa de ella de manera muy diferente.

     Sabemos que sólo veinte aminoácidos constituyen los componentes elementales de las proteínas, a partir de las cuales se construyen todas las formas vivientes, cualquiera sea su ubicación en esa peculiar escala de Jacob que el gran visionario Theilard de Chardin denominó la progresiva complejidad de los seres vivos.

     Resumiendo, la no participación en lo común, así como la participación en algo que no es común, constituyen, como la inmovilidad y el estatismo, dos formas de irrealidad, dos fantasmas que la vida multiforme y universal de la Naturaleza está arrojando continuamente a la nada de lo no existente.

     Si llevamos nuestra reflexión del campo natural físico al mundo de la conciencia, encontramos que los fantasmas anteriores tienen en él sus moradas bien arraigadas. La no participación en lo común genera toda forma de aislamiento, de enfermiza introspección y de virulento egoísmo. Por otro lado, la participación en algo que no es común engendra el más dañino de los egoísmos, el que proviene de grupos organizados que retienen indebidamente lo que podría de otra forma circular con libertad. El estatismo y la inmovilidad aparecen como las expresiones más cristalizadas del conservadurismo y del miedo que paraliza y mata la vitalidad creadora del ser humano.

 

Poseer y participar

 

En un cierto sentido, la posesión y la participación son dos términos irreductibles e incompatibles. Los alimentos que ingiero y la porción de aire que introduzca ahora en mis pulmones, son poseídos por mí, por lo que no puedo hacer partícipe de los mismos a ninguna otra persona. Pero estas formas de posesión no impiden la existencia de campos de participación más incluyentes, como son la potencia productora de alimentos de la Tierra o la omnipresente atmósfera que la envuelve.

     Si me tumbo en la playa y dejo que los rayos del Sol calienten mi cuerpo, hay en este gesto más de participación que de posesión. La particularización que mi cuerpo hace de la energía del Sol, no disminuye un ápice la universalidad que tiene su fuente de emanación para con el conjunto de todos los seres.

     En estos sencillos ejemplos hay una importante enseñanza:

     Lo universal es la cualidad propia de la fuente de radiación que incluye en su campo de influencia distintas entidades particulares que se benefician de aquello que es irradiado.

     Podemos hacer ahora la siguiente pregunta: ¿Hay un sabor psicológico propio de la participación y la posesión, tomadas ambas como actitudes de conciencia, y no solamente como formas de relación con el mundo externo?

     El intento de responder a esta pregunta nos va a conducir a un territorio que ya hemos explorado en parte, la persona y el individuo. El mecanismo para expresarse y quien utiliza ese mecanismo.

     La posesión va unida a la idea de frontera, de límites que señalan la extensión de nuestros dominios. Las fronteras separan, dividen y excluyen. Establecen diferencias entre lo propio y lo ajeno, los compatriotas y los extranjeros, los fieles y los infieles, los creyentes y los ateos, los amigos y los enemigos, las personas que nos caen bien y las que nos caen mal, los sitios en los que nos encontramos a gusto y los que nos desagradan.

     La participación va unida a los espacios abiertos, a la comunicación dialogante y positiva, a la relación amable y mutuamente enriquecedora, a la actitud receptiva y la sensibilidad refinada, a la libre circulación de lo que potencialmente beneficia a todos, al desprendimiento y la generosidad, a la inteligente consideración de nuestras afinidades inmediatas, junto con el respeto activo a quienes sentimos distantes, a la discriminación objetiva que acalla la crítica subjetiva. La participación une, reconoce los vínculos ya existentes y los acrecienta e intensifica. Pero también crea espacios comunes para el encuentro y la relación allí donde la tentación de lo posesivo es más poderosa.

     Hay una conciencia posesiva que se considera a sí misma el centro de su universo, y que está en constante intención de satelizar todo lo que entra en su esfera de influencia. Los efectos de esta conciencia posesiva se manifiestan desde el afán por adquirir todos los objetos materiales que se juzgan imprescindibles, o muy convenientes, para nuestro bienestar y felicidad, hasta el deseo de poseer el afecto de los demás, su admiración, su reconocimiento de los valores que creemos igualmente poseer. El deseo de poseer el poder, el prestigio, la inteligencia, la belleza o la salud.

     Es necesario distinguir cuidadosamente entre la conciencia posesiva y aquello en lo que se enfoca. Un buen símbolo de la conciencia posesiva es el mítico rey Midas, que tenía el dudoso poder de convertir en oro todo lo que tocaba, incapacitando así al alimento para alimentar y al agua para ser bebida y refrescar. La conciencia posesiva degrada fatalmente todo lo que cae bajo su luz mortecina y vacilante.

     Quien tiene una relación posesiva con la salud, por ejemplo, se está preparando un futuro sufriente cuando sea visitado por la enfermedad, y no sepa aprovechar las posibilidades liberadoras y de reconocimiento de valores fundamentales que encierra, como una joya oculta, toda experiencia de la enfermedad y del dolor. Es más, cualquier actitud posesiva es fuente de enfermedad, porque interrumpe el libre flujo de las energías vivientes que circulan en y a través del ser humano, desvitalizando por un lado y congestionando por otro.

     La posesión es la condición de la opacidad que impide que la luz irradie al exterior y penetre en el interior, mientras que la participación es la condición de la transparencia que revela e ilumina, y no guarda nada para sí porque disfruta libremente de todas las riquezas del Universo. La conciencia posesiva tiene su alimento propio en la perversión del deseo, en la abdicación de nuestra identidad a favor de una relación de dependencia y no de libertad, en la que el objeto de deseo, persona o cosa, es un constante motivo para alienarnos y enajenarnos, para salir de nosotros, no con la intención de dar, sino de atrapar, conquistar y retener lo poseído.

     Cuando traspasamos el límite de las necesidades materiales más inmediatas, como son el alimento, la vivienda y el vestido, entramos en un sutil y complejo juego de equilibrio dinámico entre lo posesivo y lo participativo, en el que ambos factores pueden darse en una relación de complementariedad o de mutua exclusión.

     Cuando nos relacionamos con los objetos materiales del mundo externo, lo posesivo puede convertirse en uso corriente, que no excluye a otros participar y beneficiarse de la utilidad del objeto considerado. Mientras me entrego a la lectura de un libro, estoy excluyendo a otros de convertirse en lectores de ese mismo libro. Pero cuando dejo el libro otra vez en la estantería, este se convierte de nuevo en un objeto disponible para ser usado por parte de otros posibles lectores. Si esto no ocurre así en la práctica, es porque de una forma u otra se ha infiltrado lo posesivo, invadiendo el espacio común de lo participativo. Siguiendo con el mismo ejemplo, el que no devuelve un libro prestado, o se demora en hacerlo más allá de lo acordado, está ejerciendo un tipo de posesión semejante a la que expresa alguien que se niega a dejar a otros sus libros, en virtud de un sentimiento casi fetichista de posesión del objeto.

 

El otro como objeto

 

El panorama cambia radicalmente cuando las personas substituyen a las cosas en nuestro campo de contactos y relaciones. Aquí cabe decir que toda actitud posesiva en el mundo de las relaciones interpersonales es intrínsecamente perversa, ignora la libertad y dignidad del otro, amenazando la expresión de esos mismos valores por parte de quien la adopta.

     La esclavitud y la servidumbre son formas de posesión practicada por los seres humanos con sus semejantes, pero tal vez no sean las peores modalidades en las que lo posesivo se manifiesta en las relaciones interpersonales. El esclavo, el prisionero o el siervo, pueden cultivar y desarrollar un germen de libertad interior, que inevitablemente le conducirá a la rebelión, y puede que a una mejor comprensión de la cuota de responsabilidad personal que le corresponde en el proceso que ha desembocado en su situación actual.

     Pero el aspecto más maligno de lo posesivo se expresa cuando invadimos el espacio íntimo del otro y sofocamos, aunque sea temporalmente, ese germen de libertad en el que se asienta toda la grandeza y la dignidad del ser humano. Esta posesión que invade y somete, se expresa en nuestro mundo industrializado, tecnificado y comercializado, de múltiples maneras. El productivismo indiscriminado y su agente de propaganda, la publicidad, distorsionan gravemente la vida cotidiana de numerosas personas, presentando públicamente un falso y mezquino sistema de valores revestido de los signos externos de la nobleza, la amabilidad, la afectividad, la vida familiar y social, del éxito y del triunfo que se promete a quienes siguen los dictados elaborados por un puñado de especialistas en mercadotecnia.

     Los irracionales hábitos de consumo que imperan por doquier permiten además que sumas imponentes de dinero sean perfectamente controladas y retenidas en circuitos estancos, que se retroalimentan finalmente del deseo posesivo.

     La publicidad y el consumo desordenados no son el único ejemplo de esta invasión y colonización de lo personal. Otros movimientos sociales y de masas presentan las mismas o similares características. Podemos decir que allí donde exista imposición, manifiesta o sutil, de ideas, pensamientos, doctrinas, dogmas, mandamientos, reglas, normas o costumbres, existe una posesión ilegítima y una violación de la libertad.

     Si la democracia fuera impuesta pasaría a ser una forma más de totalitarismo. Si las creencias religiosas se presentan bajo amenazas, teológicamente enmascaradas, se convierten en fuerzas que tiranizan las conciencias e implantan en ellas el virus del temor. Si los modos culturales, artísticos o sociales se exponen como un territorio cercado para disfrute exclusivo de una selecta minoría, se envenena la raíz misma de la creatividad humana, y se entra en una vía degenerativa en la que la máscara acaba devorando al actor.

     En el terreno más privado de la relación interpersonal, lo posesivo está igualmente presente, disfrazándose a menudo de poderosas y convincentes razones. Cuando expresamos nuestra necesidad de tener al otro, masculino o femenino, nos estamos preparando para ejercer la posesión de su afecto, de su presencia, de su tiempo, de su orientación en la vida. Poseer el afecto de los demás es radicalmente distinto a participar en libertad de la corriente amorosa que se establece entre dos seres que dan y no retienen, recibiendo entonces el ciento por uno.

     La posesión del afecto de los seres que llamamos queridos, puede llevarnos a creer que sabemos qué es lo más conveniente para ellos, y cuál es la actitud de vida que deberían adoptar. Cuando este deseo es contrariado, se desencadena una turbia corriente de sentimientos que rebajan nuestra estatura moral. A esa categoría pertenecen los celos, los resentimientos, la crueldad sentimental, las múltiples formas de ejercer el chantaje emocional, así como las variedades de la depresión y la complaciente autocompasión.

     La frase, tantas veces pronunciada en momentos de exteriorización afectiva, te necesito, tiene dos niveles de lectura según vivamos en la posesión o en la participación. Si vivimos en la posesión, estamos dando testimonio de nuestros límites y de nuestras carencias. La necesidad del otro se transforma en un deseo vehemente de ser consolado, de evitarnos el dolor de experimentar, sin horizonte ni esperanza, nuestra radical dependencia de los demás. Te necesito para reconciliarme con el mundo, conmigo mismo, para no saborear la hostilidad de lo otro y lo ajeno, de la soledad, de la inevitable compañía de mí mismo a la que estoy fatalmente condenado.

     Ese te necesito es un grito, una petición de ayuda, un dramático reconocimiento de nuestra insuficiencia como seres aislados. Implícitamente, estamos afirmando el fundamento mismo de la conciencia participativa: No existe separación real entre los seres.

     En ocasiones, experimentamos la unión esencial entre los seres como una interdependencia enojosa e inoportuna, que compromete los fantasmas engendrados por un falso sentido de la libertad personal. Pero ese sentimiento es propio de la intención de poseer y retener, y es, además, inseparable de la experiencia negativa y angustiosa de la soledad. Las energías retenidas y estancadas provocan necesariamente desvitalización y congestión. Cuando nos sentimos atrapados en una red de relaciones que nos limitan, nos coartan, o nos impiden expresar plenamente nuestros deseos y propósitos, estamos experimentando las consecuencias de la retención de la energía emocional de quienes nos rodean o nos rodearon en el pasado. Cuando experimentamos la soledad como una herida abierta o un paisaje desértico y deshumanizado, estamos enrfrentando la debilidad, el miedo, el temor y la inseguridad que la posesión y la retención de los afectos enmascararon pero no eliminaron.

     Desde la conciencia participativa, la expresión te necesito puede ser una manifestación de ternura, pero nunca una afirmación de la literalidad de nuestro sentimiento. No hay necesidad posible cuando se vive rodeado por la abundancia, y uno se ha convertido a sí mismo en una fuente inagotable de aquello cuya búsqueda en el exterior nos deja siempre insatisfechos.

 

El yo dividido

 

La conciencia posesiva construye cárceles y prisiones a su alrededor, y es a su vez poseída por lo que pretende atrapar para sí. No hay verdadera libertad cuando el temor y la inseguridad presiden nuestra existencia. Cuando usamos a los demás a modo de parches con los que pretendemos cubrir los desgarros que nos produce la vida, las vías de agua abiertas en nuestra frágil embarcación, y que amenazan conducirnos al naufragio en el agitado mar de la vida diaria.

     Al poseer y retener, creamos separación en nuestra conciencia, compartimentamos nuestros pensamientos y sentimientos, y alojamos inquilinos distintos en cada celdilla de nuestro abigarrado avispero interior. La integridad del yo, que no excluye la riqueza de la diversidad, se desvanece ante la división incongruente del psiquismo, del pensar, del sentir y del hacer. Las aguas que podrían fluir llevando vida y salud, se estancan y se convierten en criaderos de gérmenes insalubres. La savia ya no corre por el tronco y las ramas sin encontrar obstáculos. La sequedad, la aridez y la muerte usurpan el trono de la pujante vitalidad que engendra alegría, confianza y serenidad. El reino interior entra en una continua y devastadora guerra civil y, por lo tanto, guerra fratricida.

     Hay un yo que se levanta por la mañana en un rutinario estado depresivo y somnoliento. Otro yo que se entrega resignado al trabajo diario, confusamente abrumado por un pegajoso sentimiento de fracaso y mediocridad. Otro yo que alcanza una aparente y efímera euforia en algún otro momento del día, mientras se complace en la crítica que alimenta la debilidad y el lado oscuro de los otros: compañeros, jefes, personajes públicos.

     Una legión de yoes diferentes va asumiendo sucesivamente su papel de conductores de nuestra vida. El yo que se entristece y el que se alegra, el que se irrita, el que ensueña, el que acaricia, el que agrede, el que perdona y el que planea la venganza. El que intenta el diálogo y el que no admite discrepancias o puntos de vista alternativos. El que se lanza animosamente a la aventura, y el que se refugia temeroso en viejas mansiones hechas de egoísmo, pereza y cobardía. Todos son criaturas de la conciencia que hemos llamado posesiva, aunque no todos persigan idénticos fines o elaboren estrategias de supervivencia equivalentes.

     Algunos yoes son dramáticamente conscientes de la escisión en la que viven, y tratan de restablecer la unidad haciendo valer una autoridad que no siempre tienen. Otros viven de lleno en las sombras, y se dedican implacablemente a desmantelar y neutralizar el trabajo de los anteriores. Cuando estoy al borde del perdón, la reconciliación y la comprensión, emerge el orgullo herido y el resentimiento, cambiando la aproximación y el acercamiento por la separación y el antagonismo.

     Si hay algún camino que nos pueda conducir de la posesión que nos hace rivales, competidores y beligerantes, a la participación que descubre nuestro compañerismo esencial, merece la pena intentar descubrirlo. Tenemos ya algunas pistas importantes, sigámoslas

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

...
04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

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15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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