La voz del alma

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Lo natural y lo sobrenatural

 

El alma está al margen del tiempo

 

Tomemos ahora como punto de partida la existencia del alma, ese núcleo central y permanente de conciencia participativa que no hace distinción entre y yo, que vivencia su identidad individual en el seno de la vida universal, que no retiene ni posee nada, pero que es a la vez un centro de recepción-emisión del multiforme flujo de la energía omnipresente que impregna el espacio cósmico. Esa energía es de la misma cualidad esencial que la que se manifiesta en el pensamiento, en la emoción, en el instinto del animal que busca su alimento, en la sabiduría del ave que construye su nido, en el perfume de la flor, en la belleza de la aurora boreal, o en cualquiera de los infinitos y entrelazados ciclos y ritmos que son la expresión de la vida y lo vivo, la inabarcable vivencia de la energía en acción y movimiento.

     El alma, el Yo trascendente o la conciencia transpersonal, no conoce la aniquilación porque está al margen del ciclo nacimiento-muerte que rige la vida de la personalidad, así como de todas las ocurrencias psíquicas que tienen lugar en la región periférica de la conciencia mental, la región que tiene la misma cualidad alternante creciente-menguante que se evidencia en las fases de la Luna.

     El alma es el Sol central, cuyo disco y periferia expresan la forma circular, la forma sagrada y perfecta de la geometría mística. El alma es fuente de calor, luz y vida. La personalidad es el recipiente, el terreno susceptible de ser arado, sembrado, cultivado y abonado para cosechar los frutos del crecimiento y la expansión de lo personal hacia lo transpersonal, de lo posesivo hacia lo participativo, de la competencia y rivalidad a la cooperación solidaria.

     Admitir la naturaleza inmortal y permanente del alma supone afirmar la existencia de un camino practicable desde la periferia al centro, un sendero de retorno que garantiza el despertar de quien retorna a su fuente de procedencia, a una nueva esfera de valores, a un nuevo estilo de vida en el que se experimenta la vinculación de todo con todo, y de todos con todos, como un estímulo enriquecedor y liberador. Retornar supone volver a un lugar en el que ya hemos estado, regresar al punto de partida para asimilar los frutos y experiencias del viaje recién terminado y, tal vez, para preparar una nueva aventura a territorios aun extraños e incógnitos, o no suficientemente explorados.

     Nuestra reflexión acerca de la muerte y la conciencia sería incompleta si no incluyera en su campo de atención al acto inaugural de la existencia personal, el nacimiento, de manera no menos importante a como lo hicimos al considerar su acto final e inevitable, la muerte. Si la muerte es el acto más seguro e inevitable de la vida, el acto final de cada vida personal, el nacimiento es el acto inaugural de esa vida, el que determina la inevitabilidad de la muerte, y la toma de conciencia de este hecho por quien pasará por la experiencia de morir,  antes o después. Recordemos lo que todo ser humano puede decir de sí mismo: He nacido, luego he de morir.

 

La preexistencia de las almas

 

Nacer y morir son los dos aspectos inseparables de una misma puerta, según la observemos desde la perspectiva del que entra por ella o del que sale. No es posible entrar en alguna parte sin salir de otra, aunque ese acto puede ser un simple desplazamiento interior desde la perspectiva global de una mansión más incluyente. Sólo lo que nace está destinado para la muerte. Si existe un alma inmortal asociada a un cuerpo mortal, podemos preguntarnos acerca de la condición existencial de esa alma antes del nacimiento del cuerpo que está destinado a morir. Nuevamente se abren ante nosotros dos caminos si queremos responder adecuadamente a la pregunta anterior.

     De acuerdo a uno de ellos, el sancionado por la teología cristiana eclesiástica, es Dios mismo el que crea el alma inmortal que ha de asociarse al cuerpo recién concebido. Veamos, muy brevemente, cómo apareció y se consolidó esta creencia.

     En el año 185 de la era cristiana nació en la ciudad de Alejandría, un emporio del saber acerca de lo sagrado, o saber gnóstico, quien es considerado uno de los grandes teólogos de la naciente iglesia cristiana, Orígenes. Su figura se equipara a la de otros dos teólogos, que posteriormente recibieron la dignidad de la santidad, San Agustín y Santo Tomás de Aquino. La única razón por la que no decimos San Orígenes se debe a su afirmación, entre otras, de la preexistencia de las almas, declarada herética con ocasión del segundo concilio ecuménico de Constantinopla, celebrado a mediados del siglo VI.

     Los definidores de lo que luego iba a ser el dogma cristiano, muy diferente a las enseñanzas presentes en los evangelios, y en las primeras comunidades de seguidores de la buena nueva proclamada por Jesús, decidieron que las almas no existían antes del nacimiento del cuerpo, sino que eran creadas directamente por Dios en el momento en que el cuerpo era concebido. Al morir ese cuerpo, Dios intervenía de nuevo reclamando al alma, y sometiéndola al juicio final individual.

    Pero la decisión de negar la preexistencia del alma acarreaba como consecuencia el hecho de que todo ser humano sólo podía experimentar una única vida, desde el nacimiento a la muerte. Una hipotética segunda vida sería contraria al dogma que acababa de nacer, pues en relación a esa segunda vida, el alma asociada al nuevo cuerpo habría tenido una existencia anterior, lo que era motivo de anatema.

     El rechazo de la preexistencia de las almas determinó otra pérdida igualmente valiosa, como es la distinción entre espíritu y alma, entre la identidad esencial y la cualidad de la observación pura que conoce todo lo que ve, asociada a la misma. Entre la presencia y su mensajero, el ángel de la presencia. Más adelante volveremos sobre esa diferencia.  

     En lo que sigue, asumiremos plenamente la hipótesis de Orígenes, que es la misma que está presente en la Tradición de los Misterios acerca de la naturaleza profunda del ser humano.

 

La personalidad está en el tiempo

 

La personalidad es una entidad temporal en sus tres manifestaciones, mental, emocional y física. Nace y muere como nacen y mueren todos los contenidos de su conciencia específica, la cual es siempre una forma de conciencia ilusoria, pues se asienta en las arenas movedizas del devenir temporal.

     Por su parte, el alma es una entidad atemporal. Es el ángel de la presencia, el mensajero de lo que está siempre presente, aunque no estático ni inmóvil, sino en continuo despliegue de sus infinitas potencialidades. La intemporalidad del alma se refiere a un "meta-tiempo" radicalmente distinto del tiempo físico que miden los relojes, o del tiempo psicológico que experimentamos en relación a nuestra vida mental.

     El alma ni nace ni muere. Lo que para la personalidad es nacer y morir, para el alma asociada a esa personalidad particular es aparecer y desaparecer en relación al ámbito en el que tiene lugar la existencia personal. El alma se provee de una apariencia, una máscara, con la cual experimentará durante un ciclo de tiempo determinado, el que separa el acto de nacer del acto de morir, para que a través de ella pueda escucharse su voz con claridad, y exteriorizarse la luz consubstancial con esa voz viva, el verbo, la palabra creadora.

     Cuando el experimento toca a su fin, el alma reabsorbe en sí misma la doble corriente de energía vida-conciencia que animó a su apariencia, llevándose con ella los frutos cosechados durante ese ciclo de manifestación en la esfera del pensar, sentir y actuar. El alma conserva en su imperecedero patrimonio los frutos de la experiencia, pero no tiene ninguna necesidad de conservar el instrumento a través del cual esa enseñanza ha sido obtenida.

     La vida diaria está repleta de situaciones análogas a este ritmo vital del alma de aparición-desaparición, junto con la conservación de lo aprendido durante el tiempo de la existencia aparente. El niño que aprende a leer y escribir conservará esa cualidad durante el resto de su vida, pero no necesitará ya más de los libros y cuadernos que en su momento fueron instrumentos necesarios para su aprendizaje. El director de orquesta que conoce una sinfonía nota a nota, no necesitará tener la partitura delante cuando se disponga a interpretarla, aunque esa partitura le habrá sido previamente imprescindible para obtener esa capacidad. El caminante que conoce su ruta, puede prescindir del mapa que le orientó en sus primeras exploraciones por una tierra aun desconocida.

     Durante el ciclo de experiencia y aprendizaje, se utiliza el mecanismo que permite acceder a la experiencia y realizar el aprendizaje. Cuando la cualidad permanente de la enseñanza ha sido interiorizada e incorporada, ese mecanismo deja de ser útil, pudiéndose convertir incluso en un grave estorbo e inconveniente para un ulterior aprendizaje. La naturaleza ha dispuesto que las formas que han agotado su misión mueran y desaparezcan. Esto es verdad en todos los campos de expresión de la vida, cualquiera que sea su nivel de conciencia o psiquismo asociado.

     Las formas se renuevan incesantemente en esa cadena del nacer y del morir. Los organismos vivos que hoy existen en nuestro planeta son la expresión actual de los numerosos experimentos que la vida en evolución ha realizado durante varios miles de millones de años para expresarse a sí misma y desplegar sus potencialidades. Las formas que iniciaron esos experimentos, vitales en el verdadero sentido de la palabra, hace tiempo que dejaron de existir, y sin embargo, la actividad que a través de ella fue impulsada en los mares, océanos y continentes de la Tierra, aun vive con todo su pujante dinamismo, explorando nuevas rutas y ensayando inéditas alternativas.

 

El ser humano es el eslabón entre el mundo natural y el mundo sobrenatural

 

En esa formidable marea de la vida en proceso de evolución y experimentación creadora, hubo un fundamental punto de inflexión, cuando ese impulso vital fue capaz de construir un mecanismo a través del cual la vida podía percibirse a sí misma de manera consciente. Apareció entonces la forma externa de lo que llamamos ser humano, con su nueva cualidad de la conciencia y el sentido germinal del yo.

     Cuando en el Macrocosmos de la vida planetaria hace su aparición el microcosmos de la vida humana, algo extraordinario ocurre. Por primera vez se abre una puerta a través de la cual seres con una apariencia física, dotados de cualidades sensibles e intelectuales, aunque aun en estado germinal, pueden experimentar aquello que no tiene sus raíces en el mundo de lo físico y lo tangible, de lo sensible y emocional, de lo intelectual y racional. A este nuevo campo de experiencia le podemos llamar con toda corrección mundo sobrenatural, el cual guarda una relación complementaria y no antagónica con el mundo natural, el mundo que percibimos con los cinco sentidos externos, y que la mente, el sexto sentido o sentido común, correlaciona e interpreta.

     El mundo sobrenatural no es una realidad ilusoria añadida al mundo natural, resultante de las multiformes modalidades que puede adoptar el deseo y la intención de escaparse de la realidad circundante. El mundo sobrenatural es un mundo a la vez dinámico y arquetípico, en el que palabras como Amor, Libertad, Sabiduría y Belleza, son realidades vivas, creadoras e impulsoras de toda tentativa humana para manifestar la nobleza y dignidad que le es inherente.

     El alma tiene su ciudadanía en el mundo sobrenatural, mientras que la personalidad es su embajadora en las tres esferas del mundo natural. En primer lugar, la esfera de la mente analítica, razonadora y discriminadora. A continuación, la esfera de la emoción, el deseo y el sentimiento asociados a la  percepción sensorial, tanto externa como interna. Y finalmente la esfera física, en la que el ser humano se manifiesta en su integridad vital.

     La irrupción del ser humano en la historia de la evolución natural, señala también el máximo punto de aproximación y contacto entre ambos mundos. Lo natural y lo sobrenatural nunca estuvieron separados en el espectro de la energía universal, que se extiende desde la densa roca a la sutil vivencia inspiradora que determinará la aparición de una obra de arte, un descubrimiento científico, o un proyecto de libertad y justicia para todos los seres humanos.

     Sin embargo, ambas regiones aparecen inicialmente escindidas para el ser humano en evolución. Su tarea es eliminar esa escisión y separación, introduciendo orden, armonía y dinamismo creador y liberador donde, sin su decisiva intervención, sólo existiría el círculo cerrado del nacer-morir, crecer-menguar, en el que únicamente puede arraigar una conciencia ficticia que se disuelve en la nada del espejismo y la ilusión.

     Aproximar, conectar, unir y fusionar el mundo sobrenatural con el mundo natural es la Gran Obra de la Creación en la que el alma humana es la obrera por excelencia. Esta tarea no es una empresa particular, separada y propia de cada alma, sino que implica un extraordinario esfuerzo colectivo, pues no existe absolutamente ningún tipo de frontera o separación en el mundo de las almas.

 

Los ciclos del alma

 

En el niño o niña que nace, nace una personalidad germinal que se irá organizando y estructurando en los años sucesivos, en la medida en que sus fuerzas componentes se vayan relacionando, integrando y cohesionando.

     La experiencia nos dice que lo afectivo y lo emocional preceden a lo racional e intelectual en el desarrollo psicológico del niño y del adolescente. El alma trabaja con su apariencia desde fuera hacia dentro. Los gestos corporales nos hablan mucho más de la esfera emocional que de la intelectual. Un sentimiento de alegría o tristeza se traduce en el rostro de manera mucho más reconocible e identificable que una reflexión sobre un problema de matemáticas o un procedimiento jurídico. En el espectro de la energía universal, las energías físicas, emocionales e intelectuales se suceden en este orden, de manera análoga a como lo hacen en el espectro de la luz los colores rojo, naranja y amarillo.

     En el niño o niña que nace hay un alma encarnada, emanada del alma influyente, que inicia un nuevo ciclo de manifestación o aparición. Pero no hay un alma que nace, porque tampoco hay un alma que muere. El alma entra y sale de la manifestación para llevar luz a las regiones oscuras, para reconducir todo sentimiento hacia el amor y todo pensamiento hacia la verdad. Para convertir la acción incontrolada y contradictoria en acción justa y sabia. Para organizar el espacio de la vida humana, y convertir lo opaco en lo translúcido, y lo translúcido en lo transparente.

     Cada aparición o manifestación del alma es similar a un rayo de luz sumergiéndose en un medio más denso, y recubriéndose de una vestidura material que borra todo recuerdo de su elevado origen, de su hogar primordial. En cada personalidad germinal que nace hay un germen de alma en estado transitorio de olvido de sí misma.

     La cíclica inmersión del alma en el mundo de la experiencia física, es un reiterado ensayo y experimento sabiamente planificado para despertar el germen del alma que duerme en la conciencia personal. Pero no se trata, como ocurre en la experiencia mental habitual, de despertar al recuerdo de algo que ocurrió en el pasado, más o menos lejano en el tiempo, pues el alma vive al margen de lo que entendemos por tiempo. Es un recuerdo hacia el eterno ahora, que no conoce el presente como un punto matemático que divide el pasado, siempre muerto, del futuro, siempre por morir. Es un presente que se extiende por la plenitud del Ser. El eterno presente en el que vive el alma significa permanente presencia junto a su efímera creación, la personalidad sujeta al flujo del tiempo.

     El recuerdo que el alma encarnada en la materia tiene de su fuente de origen, a la que hemos llamado alma influyente, se corresponde con la reminiscencia de la que habló Platón, o anamnesis, voz griega que significa literalmente memoria que se dirige hacia arriba. Pero ese arriba no se define de acuerdo a la geometría del espacio físico, sino de acuerdo a la relación existente entre el alma encarnada, sumergida en el tiempo, y el alma influyente, que vive al margen de él.    

     En el mapa oculto que orienta misteriosamente toda vida humana, hay una ruta grabada a fuego que siempre conduce del olvido al recuerdo, pero que no lleva a la agobiante acumulación en la memoria de datos y referencias. El recuerdo del alma siempre provoca la recuperación de nuestra verdadera identidad, y el impulso de progresar en la tarea de hacernos presentes en el mundo y ante el mundo como lo que somos, fuimos y seremos. Es reconciliar la intemporalidad de lo transpersonal con la temporalidad de lo personal. De esta manera aprendemos a estar en el mundo sin ser del mundo.

 

El toque del alma

 

En la vida de todo ser humano sin excepción hay un momento de extraordinaria importancia, cuando ese germen del alma,  adormecido y latente, empieza a vibrar y a irradiar su luz con fuerza suficiente como para irrumpir en el espacio de la conciencia personal. En ese momento, el hijo pródigo se yergue y decide resueltamente emprender el camino de retorno a la casa del padre. El recuerdo del eterno ahora ha introducido un rayo de luz pura en la sombría luminosidad del estrecho mundo personal. Ha puesto una gota de agua viva en los sedientos labios del errante y cansado peregrino a ninguna parte que es el hombre y mujer que vive de espaldas a sí mismo.

     Esta irrupción del alma no ha de traducirse necesariamente en un súbito interés en cuestiones tenidas convencionalmente como místicas, religiosas o espirituales. Nada que provenga directamente del alma puede no ser espiritual, porque el alma es la mensajera del espíritu, el ángel de la presencia y el testigo fiel que observa la Realidad tal cual es.

     El toque del alma puede traducirse en un impulso de poner orden en la propia vida y empezar a escuchar y comprender a quienes viven cerca de nosotros. En una toma de postura consciente ante la injusticia y la arbitrariedad. En una exploración de la creatividad personal para contribuir a embellecer, iluminar y enriquecer la convivencia diaria. En una aproximación al sufrimiento y dolor de los demás para estar cerca, aliviar, curar y curarnos del único mal real: la separatividad, el egoísmo, la ignorancia y el desamor.

     El toque del alma no nos lleva a un credo o ideología particular para convertirlos en una fortaleza desde la que emprender cruzadas salvadoras a expensas de la dignidad y libertad de quienes queremos redimir y salvar. El toque del alma nos hace reconocer algo asombrosamente sencillo: Todos somos miembros de una gran familia, y todos compartimos una misma casa con otras muchas formas de vida. Pero no se limita a presentar este hecho como una evidencia insoslayable, sino que además nos presenta un camino en el que iremos extrayendo una por una todas las consecuencias que comporta el reconocimiento de esta realidad, sencilla y espontánea como el flujo de un manantial.

     Paradójicamente, el reconocimiento de esas consecuencias implícitas en la esencial fraternidad humana, no nos introduce en un estado de apacible y tranquila paz interior, sino que provoca más bien una activa disposición para el combate en la única guerra santa que puede existir sin infamar la santidad del guerrero. La guerra que no se emprende en contra de nada ni de nadie, y nos convierte a todos en vencedores. La guerra que no explota, juzga ni esclaviza a los vencidos, porque en ella no hay vencidos. Esa guerra es algo parecido a la cotidiana y anónima epopeya que escribe cualquiera que haya destruido, o ayudado a destruir, alguna barrera que impedía que la luz y el amor circularan libremente por el mundo que es nuestra morada.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

...
04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

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15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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