La voz delalma

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Una reflexión sobre la muerte

 

La muerte es inevitable

 

Pocas obras de pensamiento tienen un comienzo tan sorprendente e inusual como El mito de Sísifo, escrita por Albert Camus, y que empieza con estas inquietantes palabras:

    El único problema filosóficamente serio es el problema del suicidio, juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida.

   Sin entrar a considerar críticamente esta afirmación, admitiremos al menos que tiene el mérito de poner sobre la mesa la directa e íntima relación existente entre el hecho de la muerte y la cuestión básica del sentido de la vida. Hablar de la muerte es considerado muchas veces como algo de mal gusto, como una impertinencia, casi como la máxima expresión de la inoportunidad a la hora de proponer un tema de conversación. Otras veces, la muerte como tema de reflexión o debate induce estados anímicos depresivos o irritables, despierta una sensación difusa de desasosiego, de temor básico y oculto, de pérdida total, de miedo a ser expulsados del hogar confortable y cálido, y arrojados a la fría, oscura y desolada noche.

    La muerte pone en juego todo lo irracional que aun acarreamos como el cuarto oscuro de nuestra vivienda. Despierta un indefinible sentido de lo mágico, lo oculto, lo misterioso, lo que es a la vez deseado y temido. Freud habló de un instinto de muerte y de un instinto de vida, poniendo igualmente sobre la mesa una relación insoslayable. La muerte y la vida están indisolublemente unidas, hasta el punto de que sólo una comprensión más auténtica de la vida podrá arrojar luz sobre el gran misterio de la muerte, y lo mismo puede decirse en sentido inverso.

    Afirmemos algo cuya importancia difícilmente puede ser exagerada, a pesar de su aparente trivialidad. La muerte es el único acontecimiento de la vida que es absolutamente inevitable. Todas las demás ocurrencias que jalonan nuestra existencia tienen, antes de producirse, una probabilidad más o menos grande o pequeña de acontecer. Pero la muerte es algo que ocurre siempre y que parece poner fin a cualquier ocurrencia posterior.

    Al igual que Descartes buscaba un fundamento sólido para su filosofía, y sólo lo encontró en la evidencia de sí mismo como ser pensante, es razonable afirmar que avanzaremos sólidamente en la comprensión de la vida si partimos de su acontecimiento más cierto e inevitable, la muerte.

    Al cogito ergo sum, o pienso luego existo, le podemos contraponer una reflexión a la vez más elemental y profunda: He nacido, luego he de morir.

    En nuestra relación con la muerte están presentes grandes anomalías y paradojas. La primera y no menos importante es que normalmente vivimos de espaldas a ella. Sólo cuando la muerte golpea a nuestro lado, o se nos impone como evidencia masiva en las grandes catástrofes o en la guerra, abrimos un paréntesis, muchas veces a nuestro pesar, para enfrentarnos a ella. Paréntesis que nos apresuramos a cerrar, sumergiéndonos lo antes posible en el devenir diario de nuestra existencia y sus asuntos vitales.

    La extraordinaria importancia que tiene una reflexión profunda sobre la muerte reside en que lo que encontremos en esa exploración como un hallazgo iluminador, cualquiera que sea este, habrá de informar necesariamente la totalidad de nuestra vida, a menos que queramos convertir nuestra reflexión en un pasatiempo circunstancial, o en un frío y neutro ejercicio intelectual.

    La muerte tiene la poderosa fuerza de lo inevitable. Nada tan inevitable como ella, pero nada está casi siempre tan ausente como ella en nuestra estrategia, plan o propósito de vida. Cualquier respuesta que demos ante la seguridad e inevitabilidad de nuestra propia muerte, no podrá ser nunca un elemento neutral o indiferente en nuestra vida. Nadie que se interrogue a sí mismo con sincera y desnuda autenticidad sobre su condición mortal, podrá evitar el impulso de plantearse de una forma nueva y radical su actual condición de ser vivo, sensible y pensante. Situarse ante la muerte es la principal actitud de orientación vital que podemos adoptar, porque la muerte nos conduce al puesto de observación más panorámico e iluminador que existe, el que se levanta sobre lo más inevitable, lo más seguro y, por ello, lo más sólido.

 

Pensar la muerte

 

La atenta consideración de la inevitabilidad de la muerte no tiene por qué envenenar la vida con la maligna cualidad de lo mortecino, lo morboso, lo depresivo, o la decepcionante sensación de la futilidad y precariedad de cualquier proyecto vital que emprendamos.

    No pensar nunca sobre la muerte es, por paradójico que pueda parecer, resistirnos a ser inundados por las fuentes de la vida, pues el misterio de la vida se oculta en su aparente acto final. Es mucho más razonable pensar que llegaremos a una mejor comprensión de la vida reflexionando sobre el hecho seguro de la muerte, que si lo hacemos en el hecho posible, pero nunca seguro, de satisfacer cualquiera de los deseos que van surgiendo a lo largo de la existencia, o de cumplir cualquier propósito que nos propongamos como una meta igualmente deseable. Y esto es así con independencia de lo elevados o justificados que nos parezcan esos deseos y propósitos.

    La comprensión de la vida también se esclarece meditando sobre sus contenidos más vitales, como el impulso de conocer, de amar, y de llevar una existencia creadora y útil. Pero la meditación sobre la muerte es significativamente inseparable de la meditación sobre aquello que nos produce una conciencia más intensa y luminosa de la vida. En un caso enfrentamos la evidencia de lo inevitable. En el otro, nos adentramos en lo que nos hace sentirnos más libres, más permanentes y duraderos ¿Es que acaso la inevitabilidad de la muerte supone también la inevitable desaparición de nuestra vivencia de lo permanente y esencial? No hay ninguna evidencia incontestable de ello, y si existe alguna posibilidad de tener una evidencia en sentido contrario, merece la pena indagar en ella.

 

Los sueños y la muerte

 

En nuestra existencia diaria hay algunos acontecimientos que también son de alguna manera inevitables, o se van haciendo tales como consecuencia de nuestros actos y de las circunstancias que nos rodean. Es interesante comprobar que estos acontecimientos tienen un cierto sabor a muerte, y son siempre renovadores y transformadores en algún sentido.

    La vida de los sueños, en la que entramos cada noche, es un buen ejemplo de ello. Se ha dicho que el tránsito de la vigilia al sueño es una experiencia anticipada de la muerte, mientras que los propios sueños son igualmente experiencias de una cierta conciencia perceptora que vive durante algún tiempo en alguna dimensión espacio-temporal diferente de la que podemos experimentar con nuestros sentidos. Y esa misma conciencia perceptora, parcialmente desligada del cuerpo físico durante las horas de sueño, puede ser también la conciencia que sobreviva a la muerte de ese cuerpo ¿Y quién puede demostrar lo contrario? A favor de esta tesis hay una significativa relación analógica, que si bien tampoco la demuestra, al menos acrecienta nuestra sospecha inteligente de que en ella late oculta alguna importante verdad.

    Sabemos que el dormir y el soñar son absolutamente imprescindibles, tanto para la salud del cuerpo como para la lucidez y equilibrio de la conciencia. El sueño es tan necesario para que la psique preserve su integridad, como los alimentos y el aire son necesarios para que el soma preserve la suya. Por lo tanto, el sueño también participa a su manera de la cualidad de la inevitabilidad, y mientras tenemos la evidencia irrefutable de que la muerte pone fin a la existencia individual del cuerpo, no tenemos ninguna evidencia de que también ponga fin definitivo a la vida consciente.

 

El Vitalismo y las fuerzas vitales

 

Abramos ahora un breve paréntesis en el curso de nuestra reflexión sobre la muerte, para ocuparnos de las dos formas en que la expresión fuerzas vitales puede ser entendida.

     Hasta bien entrado el siglo XIX, el universo de las hipótesis científicas contaba con un miembro peculiar, el Vitalismo, según el cual en los seres vivos actuaba una vis vitalis o fuerza vital, que era la responsable en última instancia de sus peculiaridades específicas, en contraposición a los seres considerados como no vivos o inertes.

     Diversos trabajos experimentales y teóricos, como la síntesis de la urea en 1828 por Friedrich Wöhler, o del ácido acético por Adolph Wilhelm Hermann Kolbe en 1854, más las investigaciones llevadas a cabo por el químico Marcelin Berthelot y el biólogo y médico Claude Bernard, entre otros, fueron desmontando esta teoría y relegándola a la categoría de las hipótesis científicas desechadas.

    El Vitalismo afirmaba la peculiaridad y especificidad de los seres vivos frente a los que no lo son, de la materia orgánica frente a la materia inorgánica, de la complejidad estructural de lo viviente frente a la relativa sencillez de lo no viviente. Por lo tanto, y en lógica deducción, las sustancias químicamente complejas que sólo se encuentran en los organismos vivos debían su existencia a un plus de energía, inexistente en los fenómenos puramente mecánicos y físicos. Ese algo más era la ya mencionada fuerza vital, entendida exclusivamente dentro del contexto conceptual del Vitalismo. Pero desde el momento en que se sintetizó la primera sustancia orgánica en el laboratorio, aunque fuese una tan sencilla en su estructura molecular, como la urea, todo el entramado teórico del Vitalismo se vino abajo.

    La razón de ser del Vitalismo era la distinción radical entre lo vivo y lo inerte, lo orgánico y lo inorgánico. Pero si admitimos que la presencia de la energía en acción, en cualquiera de sus manifestaciones, es ya un signo de vida, no hay nada en el universo físico que esté radicalmente desprovisto de vida, o absolutamente inanimado, carente de ánima o alma. Por lo tanto, la distinción entre lo orgánico y lo inorgánico, lo inerte y lo vivo, carece de fundamento desde esa nueva perspectiva. Y si admitimos a continuación que la conciencia y el psiquismo son irreductibles a las leyes y fuerzas físico-químicas o a las presiones selectivas de la evolución biológica, es perfectamente congruente postular la existencia de un continuum entre materia y psique, de manera análoga a como en el espectro de la luz no se pasa bruscamente del color rojo al verde, sino que entre ambos se encuentran los colores naranja y amarillo, junto con todos los matices intermedios.

    En el espectro de la energía universal existe una ordenación análoga a la que se da en el espectro electromagnético. Esta ordenación puede expresarse como materia-energía-psiquismo, aunque todo es a fin de cuentas diferentes expresiones de un mismo principio sustancial.

     Las fuerzas vitales de las que hemos hablado hasta ahora, no son exclusivas de los llamados seres vivos, sino que están presentes en relación a todas las formas, menores o mayores, incluyendo entre estas últimas a los planetas, sistemas solares y galaxias que pueblan el espacio cósmico. La principal característica de estas fuerzas vitales es su capacidad para responder e interactuar con otra expresión de la energía universal de naturaleza estrictamente no física, como son las fuerzas psíquicas que subyacen en todos los fenómenos mentales.

 

¿Se puede sintetizar conciencia?

 

Cerrado el paréntesis, continuaremos nuestra reflexión dirigiendo la atención a la cuestión de la posible supervivencia de alguna forma de vida consciente tras la muerte física. Nuestra intención no será tanto la de refutar o demostrar cualquier tesis que niegue o afirme esa supervivencia, sino descubrir cuáles son las implicaciones inevitables a que nos conduce la opción que hagamos, sea la que sea, en relación a esta cuestión.

    Tomemos primero la hipótesis que podríamos llamar de la no supervivencia absoluta. Según la misma, el cerebro y el sistema nervioso, más la totalidad de la vida celular integrada, organizada y sistematizada del organismo, producen la conciencia, la percepción, el conjunto de nuestra vida mental, e indirectamente todas las obras de la conciencia humana en el Arte, la Ciencia o la Filosofía. De esta forma, el sentido del yo, el psiquismo y la subjetividad serían la resultante final del funcionamiento integrado del cerebro y del resto del cuerpo, como la insulina es el producto resultante del funcionamiento del páncreas.

     Quien admita la hipótesis de la no supervivencia absoluta, en los términos que han sido expuestos, ha de admitir todas las implicaciones contenidas en su opción ¿Cuáles son esas implicaciones?

     Si la conciencia es una propiedad o función más de la sustancia complejamente organizada, como se da en el cuerpo humano, y particularmente en el cerebro, nada impide que una biotecnología suficientemente avanzada consiguiera sintetizar la conciencia, al igual que durante el siglo XIX empezaron a sintetizarse diversos productos orgánicos presentes en los seres vivos. Quienes admiten la hipótesis de la no supervivencia absoluta no pueden eludir la inevitabilidad, de acuerdo a la lógica inherente al progreso científico, de que en algún momento se llegue a crear en el laboratorio un verdadero cuerpo humano, que exprese el tipo de conciencia propio de la especie humana.

     Si se afirma que ninguna biotecnología, por muy avanzada que fuera, podrá sintetizar jamás verdadera conciencia humana, no se puede seguir sosteniendo que todo acaba con la muerte, a menos que estemos introduciendo por la puerta falsa del edificio científico una forma de Neovitalismo.

    Negar la posibilidad de que la conciencia humana pueda ser creada en el laboratorio, supone admitir su cualidad irreductible a las actividades del cerebro, y esto es incompatible con la hipótesis de la no supervivencia absoluta.

     Dicho de otra forma. No admitir la posibilidad de sintetizar conciencia humana, y seguir admitiendo la extinción total de la misma con la muerte, supone la afirmación implícita de que en el organismo humano opera alguna desconocida fuerza vital, prerrogativa exclusiva del mismo, que sería la justificante última del efímero fenómeno de la conciencia. Si esa nueva modalidad de la fuerza vital encontrara su Wöhler y Kolbe correspondientes, ningún impedimento habría de nuevo para la síntesis de la conciencia. Por lo tanto, la única postura consecuente que podría adoptar un adherente hasta el final de la hipótesis de la no supervivencia absoluta, sería la aceptación de una raza artificial de seres humanos, reales y auténticos a todos los efectos, producto de la ciencia y la tecnología.

    Hay algo, sin embargo, en la sana sensibilidad humana que repudia esta posibilidad ¿De dónde proviene ese repudio? ¿De anticuados, sentimentales y anticientíficos esquemas morales? ¿De la propia conciencia trascendente? ¿…? Dejaremos abiertos estos interrogantes, y continuemos con nuestra exploración considerando ahora la hipótesis de la supervivencia.

 

La cuestión de la supervivencia

 

Si admitimos la supervivencia de un yo consciente que percibe externamente y se percibe o experimenta a sí mismo, se abren ante nosotros dos caminos. A uno le podemos llamar el de la supervivencia relativa, según el cual, el yo que sobrevive a la muerte física acaba finalmente extinguiéndose de forma irreversible. Pero este camino no es, en esencia, muy diferente de la opción ya considerada de la no supervivencia absoluta. Si la efímera conciencia superviviente se extingue sin dejar huella de sí misma, eso equivale tanto como a decir en términos absolutos que todo acaba con la muerte, salvo ese tantas veces citado recuerdo que los muertos dejan entre los vivos.

    El otro camino es el de la supervivencia permanente. En este caso afirmamos la existencia de un Yo trascendente, el observador silencioso, que contempla el devenir de la existencia de su sombra terrenal de forma parecida a como el corazón que vela contempla al yo que duerme, de acuerdo a la cita del Cantar de los Cantares (5, 2) que se hizo en un capítulo anterior:

Yo dormía, pero mi corazón velaba

     Para dar consistencia y coherencia a la terminología que venimos utilizando, llamaremos alma al aspecto inmortal del ser humano, haciendo la distinción sugerida en la anterior cita, entre el alma propia del yo que duerme, y la correspondiente al corazón que vela.

    A la primera la llamaremos alma encarnada, pues su cualidad inmortal y espiritual está trabada y condicionada por su triple vestidura física, emocional y mental. Ese condicionamiento restrictivo y limitador hace que sea un alma que duerme, o que se encuentra en un relativo estado de somnolencia espiritual. A la segunda, el corazón que vela, la podemos llamar alma influyente, pues su misión es influir a su sombra, dormida o somnolienta, para que despierte a sí misma, lo que equivale a decir también a ella misma.

     Desde el punto de vista global del alma influyente, los versos del Cantar de los Cantares se pueden volver a escribir de la siguiente manera:

Yo estoy despierto, pero mi sombra duerme

 

El sabor del alma

 

El alma encarnada equivale a lo que hemos llamado conciencia periférica o conciencia personal, mientras que el alma influyente es la conciencia central, nuclear y solar ¿De qué manera puede el alma encarnada experimentar conscientemente su propia inmortalidad y su identidad esencial con el alma influyente, su fuente de procedencia?

     La experiencia consciente sólo es posible cuando se da la participación en aquello que es semejante en el experimentador y el objeto de la experiencia. Lo que no podemos experimentar de manera radical es aquello con lo que no tenemos ningún punto de contacto, ningún espacio común para el encuentro y el reconocimiento.

    En la historia personal de todo ser humano hay siempre un momento en el que este se experimenta a sí mismo de una forma radicalmente nueva. En ese momento, el yo que antes dormía ha logrado despertar a sí mismo en un grado suficiente como para poder tener una primera visión del corazón que vela, de su fuente de origen. Sin embargo, esa experiencia profunda e inspiradora puede tenerse sin extraer de ella ninguna conclusión positiva sobre la inmortalidad del alma. Es más, se puede tener una experiencia del alma y seguir negando la existencia de lo trascendente, y de la misma alma como lo trascendente en el ser humano.

    Al alma no le interesa ser reconocida y afirmada nominalmente, sino ser expresada y manifestada en los actos de la vida diaria. De ahí que muchas personas que se declaran ateas o agnósticas exterioricen en sus vidas auténticas cualidades del alma, como pueden ser la sensibilidad activa hacia la justicia o la dignidad del ser humano, mientras que muchas otras que la afirman de palabra, la niegan con sus actos.

    Ahora bien, la reiterada experiencia del alma, acompañada de la expresión en la vida diaria de la cualidad inherente a esa experiencia, conduce inexorablemente a su reconocimiento y afirmación. Quien ha alcanzado esta vivencia, puede distinguir entre las meras afirmaciones nominales y externas de lo trascendente, las flatus vocis o palabras huecas, y las auténticas voces procedentes de cualquier alma en proceso de manifestarse. Todas las almas son expresiones de una Super-Alma, por lo que cada alma individual participa de la universalidad que es común a todas ellas.

    El instante en que se produce el reconocimiento y la afirmación del alma, la experiencia consciente de su sabor, es un punto definido en el devenir espacio-temporal de toda alma encarnada, en tránsito desde la somnolencia al estado despierto. En ese camino de Damasco que está presente en el destino de todos los seres humanos, la hipótesis de la supervivencia permanente del alma es definitivamente comprobada por experiencia directa. Esta comprobación es, sin embargo, totalmente inalcanzable para cualquier argumentación verbal y conceptual. No existen pruebas de la existencia de la divinidad o del alma inmortal por vía argumental y dialéctica, pero tampoco existen refutaciones de lo mismo por análoga vía.

    La argumentación racional nos permite, no obstante, arrojar luz sobre la forma más adecuada de plantear los términos de una cuestión cualquiera, entre ellas la referida a la existencia del alma y su inmortalidad. El paso complementario nos sale al encuentro desde esa dirección simbólica a la que caminamos con la razón analítica y discursiva. El encuentro de lo racional con lo supra-racional es el encuentro entre el alma y su criatura, la máscara personal. Entre el alma encarnada y el alma influyente. Entre el yo que duerme y el corazón que vela.

     En ese encuentro empiezan a caer los velos de la ilusión y del espejismo que enturbian la visión de lo Real. Desde ese encuentro se puede unir el propio testimonio al testimonio de quienes ya consumaron esa fusión, y se identificaron de manera irreversible con la conciencia despierta del alma. Se puede mostrar el camino y las reglas para recorrerlo hasta el final, y que son el fruto de la experiencia acumulada de anteriores caminantes. Se puede profundizar y mejorar en la expresión formal de lo que en sí mismo trasciende toda forma. Se puede investigar en las múltiples formas del lenguaje y de la comunicación para hacer más poderosa la sugerencia, no la sugestión, de la existencia de ese camino liberador, y más atractiva la invitación a recorrerlo. Todo se puede menos violentar la libertad del caminante, y suplantar o dirigir su experiencia del viaje de retorno a su fuente de procedencia.

 

Mortalidad e inmortalidad en la conciencia

 

La impermanencia y, por consiguiente, nuestra condición mortal, se manifiesta en toda expresión de la conciencia posesiva que adquiere y retiene lo adquirido, creando barreras, fronteras, estrategias vitales de dominio, de control y manipulación en función de los intereses personales. De subordinación del resto del mundo que se encuentra en el área personal de influencia al propósito egocéntrico que dirige la vida.

    Esa realidad cotidiana de lo impermanente en nuestra conciencia y en nuestras relaciones con el medio externo, otorgan una nueva perspectiva a la segunda hipótesis considerada, la supervivencia relativa, o la existencia de una conciencia perceptora que sobrevive a la muerte física, pero que está llamada finalmente a desorganizarse y extinguirse. Desde esta nueva perspectiva, las dos hipótesis que afirman la supervivencia pueden coexistir y complementarse entre sí. Expresándolo en el lenguaje de campos de fuerza y energías psíquicas, lo diríamos de la siguiente manera:

     Las fuerzas vitales, emocionales y mentales que estructuran la personalidad, y que confieren a todo ser humano su cualidad vital, sensible y pensante, se desorganizan o desestructuran, de manera análoga al proceso de descomposición del cuerpo físico. Subyaciendo en estos tres campos de fuerza conectados entre sí, y que constituyen el aspecto no perceptible sensorialmente del cuerpo humano considerado en su integridad, existe un punto de observación, la conciencia inherente al alma encarnada. En relación a ella, sus erróneas orientaciones de conciencia se van extinguiendo de manera tan irreversible como el cuerpo físico se va descomponiendo después de ser abandonado por su principio vital animante. Pero el núcleo de la conciencia no se extingue, pues es consubstancial con la fuente última e inextinguible de la conciencia, el alma que antes hemos llamado influyente. Es precisamente la acción influyente que efectúa el alma desde su propio plano, la que determina la extinción de las erróneas orientaciones de su reflejo encarnado.

     Por lo tanto, a la conciencia mental y periférica, erróneamente identificada con los contenidos presentes en su vida anímica, ya sean estados emocionales o sistemas de creencias, le es aplicable la supervivencia relativa, mientras que la supervivencia permanente es una cualidad específica del alma.

     Lo impermanente es mortal, y sólo lo permanente persiste. No hay ningún conflicto fatal e inevitable entre ambas cualidades de nuestro psiquismo. El conflicto surge cuando la personalidad se desconoce a sí misma como la máscara que es, y pretende construir su identidad en el terreno movedizo e inestable de su vida mental. Sólo en la subjetividad central y permanente del ser humano es posible encontrar la identidad individual en su expresión literal.

    El reconocimiento consciente de lo universal sólo puede realizarse desde la identidad individual, y la identidad individual no tiene sentido fuera de lo universal.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

...
04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

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15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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