La voz del alma

Epílogo

 

El sendero que conduce al pleno autoconocimiento, siempre tiene un tesoro oculto que es preciso descubrir: vivimos en la tierra de la esclavitud y en el interior de una sombría caverna. Quienes pasan por esa experiencia no saben nada más, pero la vivencia repetida del sufrimiento y la desilusión hace aflorar el presentimiento de que hay un camino de salida en alguna parte. 

     Aparece entonces en el horizonte un desierto que es preciso recorrer, porque esconde misteriosamente la promesa de una vida mejor. Una vez en el desolado y árido mar de arena, el peregrino experimenta el tirón de la nostalgia por la falsa y resignada seguridad de la tierra de la esclavitud, por el autoengaño de la vida en la caverna.

     Pero junto a estos recuerdos del pasado, aparecen también recuerdos del futuro. El peregrino descubre, entre las dunas cambiantes y las tempestades de arena, las señales indelebles y aparentemente ininteligibles dejadas por otros viajeros que ya realizaron esa misma ruta.

     La razón aun no comprende, pero el corazón registra un temblor que proviene del centro mismo de su ser. Y ese temblor aclara la visión del desierto. Aquí y allá aparecen pequeños oasis resplandecientes de luz y de vida. En ellos el corazón parece saciarse, pero la razón no comprende, y demanda más luz, una luz que no brilla en los oasis.

     El peregrino abandona su confortable refugio y se interna de nuevo en el desierto. Otra vez encuentra las señales del camino, y descubre que ya no son enigmas indescifrables, sino reglas precisas para caminantes como él. La razón empieza a comprender, mientras el corazón observa y asiente en silencio.

     Finalmente, el desierto parece difuminarse, y aparece en el horizonte el umbral de una Tierra Nueva. El peregrino sabe entonces que tiene que morir en la frontera, para renacer a la vida que hay más allá.

     En la más absoluta obscuridad de la noche, aguarda a que amanezca el nuevo día, mientras se va despojando de todo lo que consideraba sus pertenencias.

     Cuando emerge el Sol por el horizonte, advierte que ya ha traspasado el umbral, y que está rodeado en amoroso círculo por todos los que le han precedido. En todos ellos descubre rostros amados y familiares que le dan la bienvenida.

     La luz y la vida de la Tierra Nueva sacian por igual al corazón y a la mente, porque ambos son uno ahora.

     El peregrino sabe que no ha llegado a un lugar de descanso y ocio, sino de intensa actividad, inseparable del gozo y la alegría.

     Después, sabe que tiene que volver a la caverna de la que partió, para compartir su testimonio con quienes la habitan. Para renovar con su experiencia las señales y las reglas del camino. Para participar en el Gran Trabajo de abolir para siempre toda forma de esclavitud y de ignorancia en la tierra de los hombres.

 

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Comentarios

28.06 | 11:31

Me alegra que tengas una página web. Te seguiré. Ya no andamos con los ladrillos . Un abrazo y que sigas en tu linea.
María

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04.01 | 01:08

Acabo de escuchar una conferencia dictada por usted en el año 2015, a través de Mindalia. Me parece maravillosa su simplicidad y clara explicación. Le envío un

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15.08 | 21:58

Temas muy interesantes que maneja en este espacio. ¡Gracias!

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02.03 | 03:52

hola es hermoso, recién entro a la pagina y se siente bien...tengo mucha curiosidad por leer el libro..felicitaciones.

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